Beso de amigas

El verano pareciera recién empezar, y como todas las cosas buenas y auténticamente felices, no dura mucho, ¡así que hay que aprovecharlo al máximo!

Cerveza fría todas las noches: despertarse tarde con dolor de cabeza y restos de Ran en la comisura de los labios son las ventajas de vivir con tu mamá.

Tu mamá y tus dos hermanos, el mayor y el menor, dos giles bárbaros, aunque a veces sea el mayor, un buen consejero emocional para no darte un cabezazo contra una realidad imponderable.

Cuando tenés diecisiete, no tenés nada que perder, sólo juventud.

Nayara lo sabe, y ahora que es verano, no pierde ni tiempo ni juventud.

“Dale mi amor, la comida se enfría” es el único llamado al rescate del cadáver que lleva pegado a su cuerpo emocional, el que arrastra todos los mediodías al despertarse y asimismo el que arrastra todas las madrugadas hasta la cama, al que mece y arropa hasta cerrar los ojos del todo, a los apurones, antes de que termine de amanecer para no perturbar el largo sueño en la habitación oscura, casi black-out que lleva por cortina unos papeles pegados sobre los vidrios rectangulares de la ventana de vidrios repartidos. En Rosario siempre amanece tipo  cuatro y media (en verano). En Barrio Martin parece que amanece un rato antes… ¿Será porque está cerca del río? O a lo mejor es que todavía no tiene tantos edificios chetos gigantescos.

Llegó Nayara y pateó sin querer el bajo, que por descuido veranero, estaba apoyado contra la cómoda, desenfundado, con algún salpicón de cachuña sobre el clavijero. Pateó el bajo y sonó el Mi al aire, que le vibró por el cerebro.

–¡La re concha de tu madre! Jooo… –exhala el monosílabo etílico, enojada pero ebria, no sabía si culpar al bajo por estar mal parado ahí o culparse por ser tan desmedida usadora de su plena libertad y desapego hasta por sus cosas más importantes.

Cuando sos adolescente, coger, tu instrumento, tus amigos y las bandas que te gustan son lo único verdaderamente importante; en el orden de prioridad descripto.

Se tiró sobre la cama y largó el final del suspiro largo. Se sacó como pudo los borcegos y los tiró con una patada. Negros, se perdieron en la oscuridad, confundidos con el difuso piso de pinotea encerada con tinte roble oscuro, escrachadísimo por largos manifiestos enchastrosos de la actitud caravanera del verano, que ya va casi por la mitad.

Enero en Rosario es una muerte.

No hay nada más que un ensayo una vez por semana y alguna fiesta perdida en una casa okupa o un galpón. La banda de Nayara está re buena (digo yo, el Narrador Objetivo, desde mi objetividad de narrador voyeurista), pero a Nayara no le gusta del todo. Está loca por la banda de su mejor amiga, Brenda, “La Patona”, una persona que Nayara admira desde hace más de dos años, pero con quien tiene el gusto de compartir casi todos sus ratos desde hace menos de uno.

No es fácil ganarse el cariño y la atención de una punk destroy de diecinueve años que huye todos los días de una familia de mierda encerrada en una casa de mierda –en pleno centro, pero al fin, marginal– y que se junta con pibas mucho más interesantes que una bajista amateur de diecisiete años que se tiene que rescatar para ir a la escuela todas las mañanas hábiles del año lectivo (y encima de uniforme).

Se sacó como pudo los borcegos y los tiró con una patada, pierna alterna patea el borcego mal aflojado hasta que éste se pierda en la oscuridad. Y así con su paz de bálsamo alcohólico, se prendió un cigarro, el último del atado aplastado de Phillip común. Cigarro torcido y aplastado, sufrió maltratos al ser presionado contra su cadera, entre el hueso y la pollera, al rodar por la barranca del Parque Urquiza, en una de esas cosas que La Patona y Nayara hacen cuando se quedan solas, después de que las otras reventadas cedieron ante las fauces del sueño y la noche aletargada, ya en su lecho de muerte.

Cuando te llamás Nayara, no tenés apodo. No tenés porque no lo necesitás.

Si te llamás Brenda te podés llamar “Patona”, lo mismo si te llamás Ana, Florencia, Lucía, Luciana, Mariana, Agustina, necesitás un apodo, algo que describa mejor que tu nombre, alguna característica adquirida a través de la vida misma, o al menos una descripción más o menos fiel de tu morfología, como los pies grandes de Brenda, cosas que las abuelas podrían decir que “no es muy femenino en una chica ser tan patona”.

Brenda no usa borcegos, le van mejor las zapatillas de lona tipo Converse o Topper de calle San Luis, la que le consiga su tía, que es la única persona que le regala ropa.

El humo se iba de los labios y Nay se veía en tercera persona, tan puesta y soñadora. El plano subjetivo le daba vueltas como una cámara adentro de un lavarropas, mientras se transportaba a la bajada rodante de la barranca del parque, al lado de su tan admirada amiga y colega: Brenda, La Patona, también es bajista. Según Nayara, mucho mejor que ella, un ejemplo a seguir –aunque desde mi perspectiva de narrador objetivo, debo remarcar que Nayara tiene más talento musical y frescura que Brenda.

 

–Dale mi amor, la comida se enfría –es la voz de arenga, la mañana punzante que pervierte el sueño plácido, la voz madre y llamada a la aburrida vigilia diurna.

–Ma… Pará… Dejá, no voy a comer.

Al pasar unos segundos de silencio, la puerta se abrió abruptamente.

No tengo ganas de narrar todo esto. Para algo se inventó la elipsis: ese fue el mediodía en que, por vez primera, Nayara convenció a su madre de no almorzar. Se levantó dos horas más tarde, a las tres, se tomó un trago de gaseosa de la heladera y aprovechó que en la casa ya no había más nadie para poner el disco de los Adicts a todo lo que da el equipo del living. Acostada sobre el suelo, vio el futuro y lo saboreó.

Tema tras tema, el diminuto piercing esférico de acero inoxidable del costado izquierdo de la nariz de Nay brillaba cada vez más, encandilada la cámara imaginaria que toma su primerísimo primer plano, con los rayos de luz que refractaban su aro y el azul de sus ojos en contraste con su peo violeta y su tez extremadamente blanca. Sus labios esbozan una sonrisa de esas, de las que se te escapan del cuerpo cuando no tenés nada que hacer más que disfrutar de la vida y de la música hecha con tres acordes de quintas y distor.

Las horas volaron hasta las siete, que Brenda le gritó desde la vereda (porque a Brenda no le va mucho eso de tocar timbre, y menos si hay familia) y Nyara salió despedida por la puerta como si fuese a verle la cara al mismísimo Johnny Rotten.

 

–¿Qué onda Nay? ¿Viste lo del galpón?

–No… ¿Qué hay?

–¡Un fiestón, boluda! No cobran entrada, queda el portón abierto, hay música toda la noche, el escabio todo bien para traerlo de afuera… ¡Hay un amigo de mi primo que tiene alta tripa! Si lo boludeamos un poco y hacemos como que tenemos onda con él nos regala un cartón, segurísimo. ¡Vayamos ya!

–Pará, es re temprano, ¡pasemos por el bar del Tonga a tomar un porrón!

 

“Bar” era eso a lo que todos llamábamos así cuando adolescentes, ignorando las diferencias de denominación de establecimientos que delimita los permisos municipales. Bar, en este caso, era eso que podía ser un Minimarket con la habilitación municipal correspondiente para la figura de “bar americano” o “expendio de comidas envasadas y bebidas alcohólicas”.

Digamos que “El Bar del Tonga” era un kiosco, su mostrador era como su barra y su vereda como sus mesas. Refrescante plan de verano rosarino.

–Y mi prima tenía esto, mirá –saca Brenda, como de la nada, un cassette con la tapa fotocopiada en blanco y negro y con las letras coloreadas con fibra verde

–¡Pará! ¿De dónde sacaste eso? ¡Es una reliquia! ¿Te lo regaló?

–Si… A ella le da igual, si en Inglaterra no lo escucha. ¿Quién mierda va a escuchar Zona 84 en Inglaterra? –decía una bajista punk destroy de dicinueve años, ignorando que Zona 84 es una de las muy pocas bandas punk rosarinas conocidas en el Reino Unido, junto con los Argies.

–Guau boluda, qué zarpado… Ese no está en CD…

–No, porque es el primero… Mirá, “Flores Negras” –dice señalando el título de la canción en la parte de atrás de la caja del cassette– ¿Te acordás que lo tocaron la otra vez y no lo conocíamos?

–Si… Mirá, pensamos que era un tema nuevo…

–¡Es viejísimo boluda! Tomá, decile al Tonga que lo ponga en el grabador.

–No, decile vos… No va a querer.

–Yo lo traje, dáselo vos, no seas caprichosita –recurso que usaba la ptona para convencer a su amiga menor de cualquier cosa, palabra que toca las entrañas de una niña mimada que quisiera dejar de serlo y la pone en evidencia de su condición social de nenita bien de clase media.

 

El Tonga es metalero, por eso ellas siempre creen que no le va a gustar lo que le den. Pero como todo buen metalero, el Tonga tiene un nivel de tolerancia musical que le permite no aborrecer cualquier música cuyas guitarras tengan distorsión y no más de cuatro o cinco acordes por parte y una voz para nada melódica, así que el Tonga le sonrió a Nayara y tras preguntarle “A ver… ¿Qué es esta mierda que trajiste?”, miró el casstte, le sonrió y mientras lo ponía en el radio-grabador rectangular de plástico “plateado” que también funciona a pilas, le dijo:

–¡Estos pibes son grosos! Eloy Quintana… A un par los conozco. Este es viejísimo, ¿no?

–Creo que si… Tiene temas que ni conozco.

Play.

Punk Rock.

 

Así pasó el primer porrón, entre charlas y música, después dos porrones más con uno de los pibes que cuidan autos por Pellegrini, invitados por él; un vino en cajita con una pepa de nombre desconocido, aportada por Yamila, una rolinga petisa y culona que tiene un drama familiar con un milico, que tomó un trago, fumó un faso y se fue, dejando media caja en las delicadas manos sucias de las dos bajistas. Luego, dos porrones más con el cuida-autos, pero a cuenta de las pibas, y por último, un “postre”, el trago especial, el simulacro de burguesía callejera, una botellita de trescientos treinta centímetros cúbicos de Pronto Shake, caliz que beben cuando Brenda considera necesario “darse un gusto”, sentencia que luego remata con un “yo te invito, preciosa” con un tono de road-movie yanqui de los ochentas, haciendo que masca un chicle y guiñándole uno de sus grandes ojos grises.

 

Ya se hicieron las diez.

 

–Bueno, o jugamos un metegol o nos vamos encarando para el río…

–Tirá una moneda –la ocurrencia de Nay tenía que ver con no tomar ninguna decisión a total conciencia.

–Buena idea… Mirá –señala la cara de la moneda– Si sale la casita de Tucumán, vamos para el río. Si sale el “50”, la gastamos en metegol.

–Dale.

 

Llegando al río, se les ocurrió que podía ser una buena idea manguear un par de monedas como para complementar con más escabio lo que fuese a ser el resto de la noche: nunca se sabe si la tripa va a estar o no, y no da para arriesgarse a estar de cara. ¡No hay juventud que perder!

En el semáforo de Corrientes y Brown, pasaron pidiendo monedas a los automovilistas, ya que el calor infernal los obligaba a tener la ventanilla a vierta, menos a aquellos que fueran dotados de aire acondicionado, premio que les habría dado la vida por ser tan hijos de puta, condición que les impediría ser generosos con una moneda regalada a un par de extrañas, por ende, esto funcionaba como un filtro natural: “El que tiene vidrio cerrado es un cheto culo-roto. No va a dar moneda”.

Tras seis semáforos, ya tenían unos pesos más y estaban listas para lanzarse a los galpones del parque.

 

Desde lejos ya se sentía el boom de los graves que corren por el piso como un terremoto. No es música electrónica, pero se ve que los bombos del tu pá- tu tu pá de “Mono”, de Courtney Love, viajan con total similitud al perturbador bombo en negras de los tecnos berretas de los bares del río en temporada alta.

Ya en las cercanías, Brenda se emociona y toma de la mano a Nayara para llevarla a su ritmo, que cada vez se asemeja más a un trote que a una caminata entusiasmada.

 

–Dale, que a lo mejor está hasta la verga y si nos apuramos pegamos algo.

La forma en que Brenda sonríe cada vez que termina de decir algo es encantadora. Suele tener cara de mala, es su falso self, es una chica que tiene que aparentar mucha rudeza para sobrevivir a un mundo de hostilidades. Siendo mujer, joven, bella, punk y desaliñada pero en un cuidado estético propio de una Berlinale, sos acechada y asediada permanentemente por seres oscuros, cuando no sos insultada o marginada por la “gente bien” o la masa de humanos estúpidos que más pobla la tierra: el pobre con hábitos seudo-burgueses.

 

–¡Eh putita punky!

–¡Chupate un pijón pedazo de boludo!

Era el lei motiv de las tardes por el centro o de las noches por el borde del río.

 

Nayara, en cambio, es una puesta en manifiesto de la inocencia disfrazada de nihilismo y hedonismo adolescente. Se le nota, debajo de sus accesorios y vestiduras, que su piel es pulcra, libre de maltratos y virgen, producto de una infancia cuidada y una actualidad relativamente sana.

Nayara es fanática –no declarada– de esa sonrisa entre inocente y tierna, pero a veces pícara, de Brenda. Cada vez que ésta la emite, Nayara se deja llevar por el enunciado que le antecede a la mueca.

Corrieron hasta el galpón llamado Hell Track, un bike park que se podría decir el último bastión de la resistencia de la movida under que aún no había sido expropiado del todo por el Estado o los empresarios especuladores del mercado inmobiliario.

Tras él, murieron cantidad de galpones okupa, espacios contraculturales clandestinos y cualquier sucucho que se le asemeje.

Una DJ mujer que vestía pollera corta a cuadros verdes, una camiseta de jugadora de jockey y dos colitas al estilo porrista yanqui, reinaba desde lo alto de la media tubería, tema tras tema de The Sounds, Hole, Plastilina Mosh, Beck, de todo…

Es linda, pero lo sabe, se hace la loca, agita al público. No debe tener más de veintitrés años, cara de buena, indefinible onda: cheta muy drogada, rapera mala, gótica cansada de lo esterotipado, habitué de Bela Lugosi (otrora), popera, adepta a las raves under, drogona recientemente rehabilitada, incatalogable…

Cada tanto se le acercaban locos o pibas que trepaban con todas sus fuerzas por la rampa y le gritaban algo. No se llega a escuchar qué. Puede ser que le digan cosas obscenas, piropos, “poné tal tema”, o “¿cómo se llama esa banda?”.

Ahora se trepa a la rampa un batero que le gusta a Brenda, pero es un loco raro, de él mucho no se sabe, se viste como de traje con sombrero y tiene unos dieciocho años, cuando mucho. Narigón, sonrisa exagerada, andar ebrio pero ligero, extremadamente flaco.

–Loca, ¡Plastilina Mosh! Qué grosa que sos… ¡Gracias!

Grita y se cae por la rampa con todo el estilo del mundo. Se pierde en la oscuridad.

 

–Ese es. Toca la bata en esa banda que son todos narigones… “Borbotones”…

–Ah, si. Está medio en cualquiera… Tiene novia, igual. El Porra le dicen. Es feo. ¿Por qué te gusta?

–Tiene lindos dientes… Lo cagaría a cachetadas en el culo.

–No tiene culo.

–¿Eh?

–Que no tiene cul… Pará, salgamos que no escucho nada.

–¡Estamos bien acá! ¿Y el que te gusta a vos?

–No lo veo. Capaz que está en otras fiesta… Algún reci por ahí…

–¿Pero cómo se llama?

–Darío

–¿Cómo?

–¡Anda a la concha de tu madre, se llama!

Al chiste, Nayara lo coronó con una sonrisa, pero Brenda es de reacción rápida, aunque no conciente. Le vació medio vaso de quinientos centímetros cúbicos de porrón sobre la espalda, la remera negra gastada, casi gris, se oscureció con el líquido.

–¡Hija de puta!

Brenda no paraba de reírse como una idiota. La volvió a tomar de la mano y corrienron hasta donde estaba por empezar a tocar una banda que imitaba, más o menos, a Rancid, encima de otra de las rampas.

 

–¿Ese te gusta? –le dice Brenda señalando al cantante

–Es muy careta, ¿no?

–Si… Son todos re caretas. Salgamos a fumar una tuca que tengo acá.

 

Cuando salieron a fumar, Nayara notó que un grupo de pibes, una onda medio skater, medio punk californiano, las miraban y hablaban por lo bajo.

Ahí está el mentado Darío, camisa leñadora por más que el calor te impida ponerte algo menos fresco que una musculosa.

–Ese, mirá –Nayara le señala con la cabeza, muy sutilmente para que los muchachos no sospechen.

–¿Cuál? ¿El rubiecito?

–¡Shhh! Para boluda, están re cerca. Nos escuchan.

–Les chupa un huevo lo que digamos de ellos. Son tan chetitos que se creen que son re lindos, que todas se los quieren coger… Una cagada ese pibe que te gusta a vos, boluda. ¡Qué feos gustos que tenés!

–¿Y vos? El flaquito agonizante ese…

–Ese es un gil cualquiera. No me mueve un pelo, me parece lindo nomás.

–¿Cómo te gustan a vos los hombres?

–Más grandes.

–Más grandes ¿cuánto?

Veintilargo, o treintipoco. No sé, depende de cómo lo lleven.

–A los de treinta seguro que no se les para.

–¿Qué decís boluda de mierda? ¿Qué no se les va a parar? ¡A mi viejo se le debe seguir parando, que no para de tener hijos por todos lados! Tiene sesenta años…

El exabrupto comentario cortó el mambo al medio. Nayara miró el suelo. Hay cosas con las que Nay no sabe lidiar. Sus padres se separaron cuando ella era chica, pero su papá la quiere y cuida mucho, y de todas formas, no tiene mala relación con su madre.

El papá de Brenda le pegaba, la manoseaba, la amenazaba de muerte. La Patona intentó matar a su padre con un cuchillo Tramontina cuando ésta tenía trece años. Por suerte no pudo y gracias a eso se ganó una membresía de por vida para vivir con su tía, la hermana de su mamá, porque su mamá tiene varios hijos y no puede hacerse cargo ni de sí misma, bebedora aficionada a mezclar pepas con alcoholes baratos y comida de mierda.

“Pero a ella se las recetan. Yo las tomo por diversión, que es bien distinto. A mi no me hacen mal”, dijo siempre la muchacha de pies grandes con respecto al vicio de su madre.

 

–Hablémosle.

–¿Eh?

–Al Darío este, vayamos y hablémosle. Dale.

–No no no… ¿Estás loca? ¡Ni a palo!

–Daleeee –dice casi cómicamente mientras la empieza a empujar con sus caderas en dirección al grupito de chicos.

–¡Te juro que nunca te lo voy a perdonar, hija de puta! –decía medio en serio, medio ya riéndose por lo embarazoso de la situación.

 

–Hola, ¿qué onda? –invade la conversa de los amigos, la punky de pies largos

–Hola, hola –muchos holas bajitos y dispersos, como de quienes no esperaban visitas.

–Yo soy la Patona, ella es Nayara… ¿Ustedes?

Cada uno se presentó con la voz baja, un poco por sorpresa, un poco por vergüenza, otro tanto por desconcierto y tal incluso por cansancio: el calor y la noche al lado del río eran aplastantes.

–Un gusto, Che, ¿y no tienen una onda por ahí para pegar algo medio alucinógeno?

–¿“Medio alucinógeno”? –preguntó uno, como desconcertado

–Medio, qué sé yo… Una tripa, una pepa de esas con mescalina, unos hongos o algo así que viaje.

–No, ni idea –respondió otro, como desentendiéndose del mambo.

–¿Y faso no tienen? Un tuquita por ahí…

–¿Ustedes no tienen? Recién vimos que estaban fumandoallá –intervino el Darío este.

–Ah, ¡nos miraban entonces!

Se hizo un silencio que no decía nada. Las expresiones eran hojas en blanco en la noche negra. Las ojeras tampoco decían nada. A lo sumo decían “¡Estamos cansados! No nos vamos a dormir porque nos da pena…”.

–Bueno, un placer chicos, que les vaya lindo ahí con sus tablas –haciendo referencia a las patinetas que cada uno tenía bajo uno de sus pies o en sus manos.

Brenda agarró otra vez a Nayara de la mano y se la llevó con ella, esta vez ya pasando el galpón.

 

–¿Viste?

–¿Qué cosa?

–Te mira. Sabe quién sos… –la miró a los ojos y le largó un– ¡Le gustás!

–Dejate de joder…

–Nah, boluda, ¿me vas a decir a mí?

–Tengo hambre… Busquemos un carrito.

–Dale, pero no tengo plata.

–Ahí vemos cómo hacemos.

 

Caminaron hasta un carrito de hamburguesas y superpanchos que estaba emplazado sobre el pastito, mismo sobre el parque, a unos trescientos metros del galpón.

La chapa pintada anunciaba “Carrito El Tiburón”, como si se tratase de un feroz animal de mar, nada más lejano al río Paraná, más que a un gil que vende carne muerta entre dos panes con mayonesa con choclo, golf con palmito, salsa tártara con huevo, aceitunas, morrón…

–¿Cómo é? –preguntó la Patona por el tratado comercial implícito para adquirir un alimento

–Tres la hamburguesa común, tré setenticinco la especial. El pancho está dos cincuenta, mami.

–Bueno, dame dos hamburguesas especiales

Al terminar de pronunciar el pedido, Nayara se exaltó: no contaban con ese dinero, ya habían gastado cuatro pesos en dos porrones en el galpón.

Con un gesto sutil, moviendo muy delicadamente la mano por detrás de la cadera, Brenda le pidió que se quedara tranquila.

–Se lo abonás a mi compañero, acá al lado, eh. Gracias chicas.

–Dale, ahora se lo pago.

Al pasar un poco más de medio minuto, la mirada de Nayara se ponía vidriosa. Brenda sabía que su amiga era un poco miedosa, pero de todas formas, ella hace lo que quiere, total Nayara la sigue en todo, le guste o no.

 

–¿Que le ponemo a las dó especiale?

–A la mía mayonesa con choclo, salsa picante, mayonesa con salame y papitas. ¿Vos, Nay?

–A… A la mía ponele… Eh, mayonesa con huevo y golf con palmito.

–¿Nada más?

–No.

–¿Lechuga y tomate?

–A la dos –dijo con firmeza la punky de patas grandes, y se volvió para guiñarle el ojo a su joven compañera, casi horrorizada, previendo el futuro proximísimo que les depararía una corrida con un calzado poco propio para ello.

–Bueno, son siete cincuenta, págale a Raúl, mirá –y le señala al señor de la caja, al lado de éste que sirve la comida, quien podría ser realmente el apodado “Tiburón”, porque tenía como tres hileras de dientes desordenados que se le escapaban por la sonrisa, y que mostraría sus peligrosas fauces al pronunciar el vocablo “Raúl”.

–¡Qué dios te lo pague, puto! –gritó Brenda mientras le arrebató la mano libre a Nayara y le pegó un tirón arrancador de la gran carrera por defender sus cuerpos casi frágiles y su alimentación nocturna.

Corrieron por el empedrado de la vieja vía férrea, ya en desuso hace varias décadas, desnivelado sendero de adoquines que, si los mirás, te indicen al pánico cuando corrés y pasan tán rápido, tan irregulares.

Entre el terraplén que da al río y la calle de adoquines, no saben bien por cuál de ambos ir, pero lo que está claro es que tanto El Tiburón como Raúl, corren muy rápido, y probablemente más rápido que ellas. Seguro que conocen bien el terreno.

A estos dos, se les acaba de sumar un tercero. Un tipo que seguramente es policía, o lo fue, porque es bajito, medio ancho, con el pelo cortado a navaja, de tez oscura, frente ancha, mandíbula de boxeador y empuñando una nueve milímetros, arma propia de las fuerzas policiales en todo el país.

Nayara está cagada de miedo. Transpira frío entre las piernas y por la nuca. Cree que va a morir. Brenda no tiene mucho por qué preocuparse. Hay sido acreedora de innumerables palizas en su vida y poco le importa recibir una más. Mañana sería una buena anécdota que contar.

 

–Nos matan Bren… ¡Nos matan, nos cogen y nos tiran al río!

–¡Callate y corré pelotuda! Wujuuuuuuuu, ¡¡Manga de putos, pito corto!! No saben correr a dos pibitas –gritaba eufórica Brenda. Pareciera que se entusiasmaba mucho con el peligro. Su sonrisa se amplificaba como un acople que empieza a agarrar un feedback, entrando en un circuito cerrado del que no se sale y el ruido de acrescenta exponencialmente.

–Nos matan, nos violan, ¡No se entera nadie Brenda!

–¡Callate que ya llegamos al galpón y nos perdemos!

 

Las muchachas corrían hasta reventar sus piernas, los hombres pesados desaceleraban sus marchas. El galpón estaba a unos treinta metros. La gente de la puerta de la fiesta ve esa secuencia y se queda atónita. Los pibitos californianos de la puerta no lo pueden creer. Ahí pasaba de largo la imagen del tan bonito Darío, sonrisita rosa, labios de niño joven, expresión que ahora había sido tomada por el terror. Nayara no sabe cómo hacer para no mirarlo, aunque su vida esté corriendo peligro…

Un tiro.

–¡¡La concha de su madre!! –gritaron a coro casi todas las personas de las inmediaciones del galpón, echándose a correr.

Si un tipo con pinta de milico tira un tiro en un lugar tan público, tan plagado de personas, es porque en alguna anda. Es un tipo que podría ser considerado peligro. Tiene licencia para matar. No le importa nada y alguna institución oficial lo avala en su actitud compulsiva de gatillar.

El tiro se perdió con la reverb del Paraná y los golpes del bombo de la bata de la banda que está tocando, bombo que imita a un terremoto por la pesada carpeta de hormigón que se extiendo desde el galpón hasta el final del parque.

Las chicas entran en la fiesta nuevamente y se refugian bajo una rampa.

–Bren, hay un loco ahí.

–¡Shh! Pará –le dice Brenda susurrando.

Nayara está preocupada porque una persona duerme en un colchón en el mismo refugio donde están ellas. Mismo así, si duerme con el ruido que sale de los parlantes monstruosos, es porque va a dormir varios días seguidos, pase lo que pase.

–¿Desde cuando me decís “Bren”, turrita?

–Pará un poco por favor –dice entre llanto y arcada la joven Nayara.

Brenda, ni bien se da cuenta de cómo la está tratando, la abraza fuerte, como una madre abraza a su hija desprotegida, un abrazo de madre o de hermana, fuerte, contensivo, y le susurra al oído:

–No pasa nada bella, hay que esperar. De esta zafamos seguro.

A lo que, ya partida en llanto, Nayara le responde, sin susurrar, sin hablar al oído, más bien con la boca enmudecida por el hombro de Brenda:

–¡Prometeme que no batís más estas giladas! ¡¡Prometemelo!!

–Te lo prometo Nay, te lo prometo. Respirá.

 

Tras sonar tres temas al palo, no habiendo sida interrumpida la música ni la fiesta, las chicas concluyeron con que estaban lejos de peligro y abandonaron el refugio, primero Brenda, luego Nayara, quien no quería compartir más el apretado espacio con el hombre cuyos ronquidos ebrios se volvían cada vez más graves, más fuertes, más retumbantes y más enfermos. Eran como los ronquidos de un oso tuberculoso agonizando en su lecho cavernoso de muerte. Oso, oso, oso… Jeje… ¡Qué narrador!

 

En fin, salieron del refugio y todo parecía estar en armonía: la banda tocaba, la gente hacía  pogo, la barra seguía sirviendo escabio, la DJ ahora inactiva fumaba algo de una pipa de vidrio en su cabina, acompañada de tres locos más, uno de ellos, el famoso cantante de un grupo de Hip Hop de la ciudad.

–Mirá bien a ver si ves a alguno de esos tipos. Yo te cubro la espalda, vos me la cubrís a mí –dijo Brenda, seria.

Recorrieron el recinto con la mirada y no encontraron irregularidad alguna, dentro de lo que la terminología punk podría significar como “irregularidad”… Digamos que todos bailan y vomitan en paz. No hay milicos ni matones a la vista.

El alivio invade sus cuerpos. Baja el sudor frío, baja también la euforia y entra una sensación de parálisis. El cuerpo comienza todo a temblar, despacio, sutil, pero tiembla al fin. El pulso sube un poco más, el pulso de las manos se pierde y éstas tiemblan. Se hace un silencio interior que puede durar días.

La banda ya no se oye, el alcohol ya no se siente en el cerebro, los músculos caen pesados, la cabeza se siente pesada, los huesos parecieran a punto de estallar. Si hubiesen estado sobrias y sin THC en su sangre, esto podría haber sido mucho peor. Los restos de benodiasepina en la sangre de ambas ayuda a mantener cierta calma química.

“Los ojos, cansados, transpiran”. Se caen algunas lágrimas tímidas por las blancas mejillas de Brenda. Nayara, al advertirlo, la abraza. Se mueven en un pequeño vaivén, muy minúsculo, como sin bailaran un lento sin música, pero con una sutileza propia de un bailarín de Butoh.

–Podés llorar. Sólo te veo yo

–Dale –respondió Brena entre llantos liberados, cortitos y al pie, pero sinceros–

Tras respirar entrecortado como cuando un niño llora y es consolado por su madre, ahora la mayor estaba desahogada, y, por primera vez, blanda.

Se sonó la nariz expulsando algo de moco-agua hacia el piso, se refregó los ojos con su muñequera derecha de cuero, frotándose con la parte que no tiene tachas, la parte que da a la cara interna de la muñeca, y se recompuso.

–Vamos a tomar un porrón. Yo te invito.

Metió la mano en los bolsillos y logró juntar unas monedas que alcanzaban para medio litro de cerveza en un vaso. Nayara se sintió bien. Su amiga se había humanizado un poco, pero lo mejor de todo es que le había demostrado cariño y también confianza: La Patona jamás lloraría en público, ni si quiera en presencia de alguna de sus mejores amigas. Esto era toda una conquista, y en su pensar primitivo, en lo profundo de su intuición, Nayara lo supo. Esperó el porrón apoyada contra una de las rampas, fumando uno de sus últimos cigarros extraídos del atado de Phillip común maltratado, como siempre, que guarda entre su cadera y la parte tensa de su pollera.

–¿Qué onda esos locos? –intervino Darío, como quien se apersona misteriosa e inesperadamente, como un fantasma o un ser omnipresente.

–¿Qué… Qué locos? –dijo temblorosa Nayara, quien ya no podía soportar otra emoción fuerte más, como la de ver al tan deseado pibe hablándole de repente.

–Estos locos de mierda, los que las perseguían… ¿Qué pasó?

–Nada. Es que mi amiga no quería pagar en el carrito y corrimos.

–Tu amiga… No sé… Está re loca o es media pelotuda

La expresión de Nayara cambió drásticamente.

A eso, llega la Patona con un vaso de porrón y un meneo chistoso, entrando en escena:

–A ver a ver… ¡Qué invitado sorpresa tenemos acá!

–Hacela pa tu casa, ¡pedazo de gil! ¿Quién carajo te pensás que sos, chetito de mierda? –esta última era una pregunta retórica. Nayara estaba enfurecida y a su vez decepcionada.

–¡Epa, se enojó la nenita! –agrega la Patona en tono burlón, sin comprender lo que pasaba.

Nayara tomó esta vez de la mano a Brenda y la sacó de ahí.

Caminaron hasta el parque España, en la parte alta, encima de la barranca (lo que la gente joven llama “La Colinita”) y se adentraron en el pequeño bosque artificial. En esa caminata de casi cuatrocientos metros, Nayara le contó lo sucedido con el muchachito californiano.

–Una mierda, un gil…

–Todos son unos giles, Nay. Es una condición inherente al género masculino.

–Ah, pará, “inherente”…

–¿Qué? ¿Te pensás que no se hablar bien, boluda? ¡No te burlés!

Nayara se empezaba a reír por lo bajo, un poco escondiendo la risa como una nena pícara.

–Disculpame, no conocía tu veta literaria…

–Yo leo, Nay. ¡Leo un montón! Es lo único que puedo hacer de día.

–¿Ah, si? ¿Y qué leés?

–Poesía, sobre todo. También me gustan los cuentos, los relatos, las novelas… Irvine Welsh, ¿lo conocés?

–Es el genio escocés que escribió Tranispotting. Un encantador de la literatura marginal. Un zarpado el loco.

–¿Y de poesía qué leés? –Nayara iba a una escuela privada con orientación de letras y filosofía. Estaba académicamente obligada a leer cosas relativamente refinadas o avanzadas.

–Poesía maldita, sobre todo, pero la poesía rosarina me gusta mucho…

Mientras sostenían esa charla, decidieron bajar la barranca y entrar al túnel que pasa por abajo del parque y desemboca en la vieja Estación Rosario Central, en desuso hace décadas.

–Los varones, lo que te venía diciendo antes, tienen todas estas mierdas con las que los criaron: cero sensibilidad, hacen y dicen giladas permanentemente. Los configuraron para que puedan sobrevivir, para ser prácticos, aunque muchas veces, cuando tienen que ser prácticos, son neuróticos. Digamos que no sirven. Cuando tienen que hacer una cosa, hacen otra…

–¿Y nosotras no?

–Es distinto… Creo que las mujeres tenemos una sensibilidad particular. Tener útero es una ventaja… Dice Nyrene Klark…

–Pará, que pasa un pelotudo en auto –la frena con el brazo para que no cruce la calle, en su paso semi-borracho, desprocupado.

–Son más boludos todavía cuando andan en auto… Las mujeres también.

–Entonces, el problema son los autos.

–Si, son un zarpado problema. Son innecesarios…

–¡Qué garrón esté pendejo de mierda! Qué bronca que tengo… Encima no me lo puedo sacar de la cabeza…

–Veo que no, porque cambiaste de tema zarpadamente… Vos pensás mucho en los hombres… No hay que pensar tanto en los hombres, Nay.

–El tema es que a mí me gustan…

–¿Te gustan o te calientan?

–Qué sé yo… ¿No es lo mismo?

–No sé… Ponele. Son un pedazo de carne. Sirven para coger nomás… Para coger y para tener hijos.

–Yo no sé si quiero tener hijos… –Nayara se adentraba en un laberinto nihilista de esos que la encierran cada tanto.

–No sé, capaz que está bueno, ey, ¡Pero después de los treinta, cuando no seamos tan pelotudas y no traigamos hijos al mundo solamente a sufrir nuestras boludeces!

–Si…

–Mirá, yo cada vez que me asomo a la ventana de la cocina, al lado del lavaderito, lo veo a este chabón… Mariano. Es un el vicno mío este que te contaba, ¿te acordás?

–El que se casó ahora hace poco, si.

–Ese. El loco le cuelga tooodos los días las bombachas recién lavadas a su mujer. Las tiende una por una, mil bombachas, de todos los colores, también corpiños y camisitas, remeritas, etcétera. El loco le lava y le cuelga la ropa todos los días. Yo lo miro y pienso, cada día, cuando me levanto: “Si lo hubiera agarrado antes, el loco estaría colgando Mis bombachas”…

–¿Tus bombachas? ¡Sucia, vos no usás bombachas!

–Callate vos, ¡que usás culotes de abuela!

–Vos no usás nada o usas esas tangas todas gastadas, con agujeros de faso, todas estiradas. ¿Quién carajo, por bueno que sea, te las va a querer lavar y colgar?

–Je je… Me hacés reír boludita… Bueno, no sé, pienso en esas cosas tiernas, de vez en cuando. Después pienso que el loco es un forro, a lo mejor le hace la vida imposible a esta mina. Yo veo lo lindo que se ve de lejos nomás. Ese es problema del amor: a las mujeres nos metieron esa idea absurda del príncipe azul y toda esa mierda, y en verdad, somos todas personas. De cerca somos todos una mierda. Nadie, en su más profunda intimidad, se podría ver como un amor ideal.

–Creo que tenés razón…

–El con el loco cogimos tres veces, se hizo el romántico, no pintó más. La vez que me animé y le toqué el timbre me sacó cagando, me dijo que era una loca de mierda, que él tenía pareja, que cómo iba a caerle así a la casa… Capaz que tenía razón. Un forro de mierda, igual.

–Ya fue, hay mil locos…

–Si, lo sé, pero son todos iguales. De cerca son todos iguales. Igual que el Darío ese de mierda tuyo.

–Hijo de puta…

–Si, hijo de puta. ¡Hijos de puta todos! No se puede desear a un ser que lleva sus órganos genitales colgado afuera de su cuerpo.

–Jeje… ¡De una, tenés razón! Creo que no los necesitamos. Total, para coger, podemos cogernos cualquier otra cosa. Depende de nosotras.

–Si… Mirá, te leo algo –sacó un libro de no se sabe dónde. Por su tamaño parecía difícil de guardar en cualquier parte sin ser visto.

–¿Y ese libro? –sorprendida, Nayara no entendía de dónde había salido.

–Lo llevo siempre conmigo. Es mi libro favorito. O mejor dicho Uno de mis libros favoritos. Es poesía.

–¿Cómo hacés para llevarlo siempre con vos? ¿De dónde lo acabás de sacar?

–Sh, cállate y escuchá. Dice Nyrene Klark, la autora:

Tengo entre mis piernas lo más preciado de la humanida.,

Si la máquina más perfecta de crear no es mi cabeza,
lo es este órgano sublime

 

–Guau… Creo que dice una gran verdad la loca esta…

–Si. Además tiene un nombre re loco, como el tuyo. Capaz que vos sos la reencarnación de ella… Escribía cuando tenía tu edad. Hizo dos libros de poemas de los dieciséis a los diecisiete y desapareció del mundo de la literatura. A lo mejor su nombre era un seudónimo, como el del autor de este libro…

–¿Qué libro? ¿No era de ella ese libro?

–No me refiero a este que tengo en la mano… Dejá. Es meta-lenguaje lo que digo, no importa. A lo que voy es que somos lo más bello que hay sobre la tierra, las mujeres.

Los labios rojos, exaltados por las palabras y embellecidos por el lipstick estilo Brody Dale, eran lo único digno de ver en esa noche de porquería, con esas paredes de ladrillos vistos gastados de fondo, labios que iluminaban, tanto las bellas palabras que emitían, como el resto del precioso cuerpo de la persona que llevaba esos labios como máquina de transmitir emociones.

La noche se venía abajo y Brenda se iluminaba. Nayara le sonrió con suavidad y el resto fue magia del momento.

Los labios de Brenda recorrieron los escasos veinte centímetros que los separaban de los de Nayara y se estrellaron en una caricia de borracha en madrugada, maternal, amante, muy humana, poco animal, un beso intenso que duró segundos, pero que podría haber sido una eternidad.

Nayara se dejó besar, pero no besó. Se dejó abrazar, pero no abrazó. Apoyó su mano derecha sobre la cadera de Brenda mientras era besada. No podría decir ella muy bien por qué, aunque yo, el narrador voyeurista y objetivo, diría que fue por amor, y tanto así también como para no cortarle la escena a su tan idealizada amiga de la vida y compañera entrañable de aventuras nocturnas.

Al apartar sus labios, Brenda miró fijo a los ojos a Nayara, como preguntándole “¿Y? ¿Qué tal?”.

Nayara, incómoda y extrañada, no supo qué decir, más qué:

–Boluda, ¿qué hacés? –con una risita nerviosa entre el “boluda” y el “¿qué hacés?.

–¿Qué voy a hacer? Te beso. ¿Te gustó?

–Eh… No te entiendo… ¿Qué onda?

–Pará, no te persigás, no es para tanto. Es un beso de amigas.

–¿Un beso de amigas? –Nayara estaba demasiado impactada como para digerir el paradigma nuevo. No hay lugar para un remolino conceptual tan violento a estas horas de la noche, en una noche tan agitada, a los diecisiete años.

–Un beso de amigas. Nada más.

–Ok, todo bien. Me asusté nomás.

Brenda se alejó unos centímetros de Nayara, miró el suelo, pateó una piedrita con la punta de goma de sus zapatillas converse negras casi del todo rotas y esbozó un:

–Bue, alta noche. Vamo a la mierda, ya fue –haciendo alusión a volver cada una a su casa.

 

Ambas caminaron hasta el punto diario de bifurcación. Se dieron un abrazo fuerte y Brenda se perdió en la niebla del amanecer.

Nayara pensó en varias cosas desde esa esquina, la esquina de su casa, cerca de la plaza Bélgica, y la puerta de su casa.

Entre esas cosas, que no valía la pena darle vueltas al asunto de que un gil como Darío le gustase tanto, que estaba re bueno ser libre y hacer lo que ella quiera, sin tener que intentar gustarle a nadie y, por otro lado, que un beso de amigas nunca viene mal para revitalizar el absurdo amor por esta extraña vida en este nefasto planeta.

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