Fundamentos de la psicodelia, el chamanismo y los viajes en el tiempo

La estética del “Lo Psicodélico” está –hoy– muy arraigada y aparece en abundantes obras artísticas, periodísticas, científicas y filosóficas. Aparece incluso en la educación infantil a través del arte para niños y otras formas de aprendizaje[1].

Estaría bueno decir que todo esto tiene sus fundamentos, más allá de la cultura del Rock Psicodélico de los ‘70s, cuyo vacío –a veces– de contenido reflexivo y/o político dejaría mucho para la crítica, algunos movimientos científicos, filosóficos y artísticos se encargarían de fundamentar bien y además de fundar bien el concepto, la doctrina, para definirlo mejor.

Chamanismo, traído al mundo occidental consumidor de best sellers por Carlos Castaneda y algunos antropólogos osados –en su mayoría, yanquis y gringos de cualquier estirpe que vinieron a América y descubrieron las plantas mágicas de nuestra abundante región Sur, Centro y Norte del continente–; introspección sublimada entre psicoanálisis y drogas de diseño, hablando de la narco-terapia hiper-popular a finales de los ‘60s, de paso –recordando que Freud era un verdadero quimiófilo con predilección por los alcaloides psicoestimulantes, Jung a los hipnóticos herbáceos y tantos otros amigos de la psico-farmacología que escribieron las bases de las técnicas de análisis de la psique–; la resurrección de la alquimia, a partir de textos y objetos encontrados por el fino trabajo de diversas expediciones arqueológicas y antropológicas; y, como si fuera poco, el tan recurrente tema de la industria musical y de bienes artísticos, pues es producto de un grupo de personas –mayor o menor, pero personas, al fin– que hicieron o hacían uso de lo psicodélico.

Con esto ya podríamos hablar de un fenómeno cultural mundial.

En oriente, Maharishi inició a los Beatles en la técnica y el trabajo integral de la meditación trascendental[2], algo que debo remarcar en mi propia experiencia, y bien lo haré luego…

Bien, no me quiero extender. Creo que se sobreentiende que existe Lo Psicodélico como una temática y una estética instaurada en lo social, lo científico y lo artístico, por lo menos. Ya avanzará hasta adentrarse en lo político, esperemos. Todo se da, con el trabajo y la fuerza necesarios.

¿A qué voy con todo esto? A que cuando tenía catorce años, me inicié en la Psicodélia, y andaba con ganas de dar motivos razonables para evadir la posibilidad de que me digan “eh, drogón” o alguna gilada del estilo…

 

Ya conocía los psicofármacos, el tabaco, varios tipos de solventes y volátiles inhalables psicotrópicos, el desmayo inducido por asfixia controlada y el fernet. Había experimentado con algunas cosas típicas de tener entra doce y treces años a fines de los ‘90s en los barrios no céntricos de la ciudad de Córdoba –hablando de cualquier ciudad grande de este mundo. A los catorce conocí a un grupo de músicos punks en la “Esquina Carlos Gardel” (intersecciones de las calles Maipú y San Juan, en la ciudad de Rosario). Eran amigos de un compañero del secundario de mi primo. Éste me reconoció y me vino a hablar. Yo pasaba el rato hasta que la mente se me despejara de la nebulosa alcohólica que llevaba encima. Estaba solo tirado en esa esquina, así que la compañía de estos muchachos me venía bien. Tenían entre uno y dos años más que yo. Tomaban vino de una botella de plástico bastante machacada y sin etiqueta. Claramente una de esas botellas de gaseosa barata de la época del final del “uno a uno”.

Me interpelaron porque el contacto en común les dijo que yo era batero, que ellos tocaban punk, que a mí me gustaba el punk y el ska, que hacía un año que vivía en Rosario y que estaba sin banda porque mi última banda se acababa de separar tras un año de hacer prácticamente nada.

Hicimos migas inmediatamente. Fue como si fuéramos amigos de toda la vida. Ahora de grande pienso que todo se dio en cuestión de semanas. Al cabo de dos meses estaba reemplazando al baterista original de esa banda que se llamaba Confuse. Gran banda. Yo fui un gran admirador de ellos hasta que los pude acompañar como baterista.

En eso de un mes y medio o dos, estaba fumando mi primer porro con el guitarrista, sentados en un banco de la plaza Bélgica, un viernes a la noche, después de algunos cartones de vino y un porrón en botella de plástico.

–Esto no pega, Guille…

–La primera vez a mi tampoco me pegó… No sé muy bien por qué es así, pero le pasa a la mayoría de la gente…

Con el tiempo comprendí que, como tantas otras cosas en la vida, se trata de las expectativas, no de la planta en sí –y así podemos hablar de “no del trabajo en sí”, “no de la persona en sí”, “no del viaje en sí”, “no de la escena en sí” y tantas otras cosas referida al choque violento de las expectativas con la realidad tangible del momento.

–Mirá, vamos a escabiar a Cimera uno de esos vodkas de un peso porque las sombras de los locos esos me están poniendo nervioso…

–¿Qué locos? Esas sombras son de los árboles, limado –me respondía él, dándome a entender que realmente, yo estaba en un estado alterado de la percepción.

Nos fuimos y nos bebimos.

Arrasamos con los culos de todos los vasos de plástico del tipo vaso de máquina de café que estaban sobre las mesas llenos de porquerías, de destilados nacionales muy mal elaborados. La resaca iba a ser inminente. Comprendí que el uso de plantas mágicas y alcohol, combinados, daban un tercer tipo de estado mental que no tenía nada que ver con la sumatoria de ambos estados por separado: una de las leyes fundamentales de la alquimia y del chamanismo también, que dos elementos sumados representan un tercero, lo la suma de los dos.

Mi segundo mambo de faso fue en la terraza de un vecino mío. Miraba yo un espectáculo increíble: un pedazo de hoja, verde, de a ratos gigante, de a ratos diminuta, gracias a la ilusión perceptiva que genera la refracción de la luz a través de un líquido, en este caso, el porrón, que hacía que el pedacito de orégano de la pizza que estábamos comiendo y que vaya a saber qué mutante había depositado sin querer dentro de la botella, sea realmente una maravilla de la naturaleza y no un resto de comida que debía provocar cierto asco al estar flotando en la cerveza tras salir de la boca de alguno que no era yo…

De fondo, la música difusa de distintas comunidades que venía traída por le viento desde la Feria de las Colectividades.

Realmente llegué a pensar que estaba alucinando.

Cuando recobré la razón, estaba saliendo del edificio de mi vecino y caminando hacia el río. Sería noviembre, creo, por las colectividades, pero no hacía ni calor ni frío. Pasé por un jardín colgante que caía desde un balcón hacia la calle y creí haber estado en el País de las Maravillas de Lewis Carroll. Fue toda una experiencia.

Los años subsiguientes comencé a relacionarme con estudiantes de antropología, filosofía, letras y arte, tras ir casi todos los días al balcón del a Facultad de Humanidades y Artes de la Universidad Nacional de Rosario con la finalidad de fumar porro en un territorio al que las autoridades policiales no pudiesen acceder. Muchos lo hacíamos.

Ahí encontré consejos de todo tipo, pero sobre todo, de leer ciertos libros.

Muy poco tiempo después, pero una vida después –porque los días pasaban como pasan las semanas, las semanas como pasan los meses, los meses como pasan los años–, llegamos a formar un grupo de lectura de Castaneda y de libros ligados a las plantas mágicas y el chamanismo. Toda una revolución intelectual para nosotros, en ese momento, muchachitos de entre quince y diecisiete años.

Los intereses de esos momentos no eran más que tres:

  1. Experimentar con drogas
  2. Ensayar y avanzar la destreza musical
  3. Intentar tener sexo con quien sea, al menos para ver qué onda…

 

Después, advino lo político: se iba un presidente, venían otros, había un caos social, político, económico, empezamos a leer sobre anarquismo y comunismo, y finalmente conocimos a un grupo de chicas (y algunos que otro chicos, pero en su mayoría mujeres de edad similar a la nuestra y un poco más) que militaban en la juventud del PTS.

Eso fue una gran liberación sexual. El punto tres se empezaba a satisfacer, de a poco. Probablemente le debamos a eso, algunos de nosotros, haber forjado una práctica e ideología de amor libre y desprejuicios sexuales.

Otra vez me estoy extendiendo…

Bueno, en fin, mi etapa de experimentación con la percepción a través de los químicos y las plantas enteogénicas, se extendió entre mis catorce y mis dieciocho años, aproximadamente.

Comencé discos que hoy, ya finalizados, los considero bastante interesantes. También escribí algunos poemas que años más tarde publicaría de forma independiente, con el maldito fin nostálgico de no echar a perder cosas de mi adolescencia.

Evocaría, entonces, a una historia larga pero que hace mella en este libro que todo lo abarca y nada lo retiene: la historia de un viaje astral y dos viajes en el tiempo.

Para comprender esto, debemos entrar en la idea de que el tiempo no es continuo –cosa que comprendimos también de jóvenes leyendo sobre física cuántica– y el espacio contempla diferentes formas de materialidad y energías intrínsecas o convergentes.

Si creés en Dios, omití este capítulo. ¿Qué digo? Tirá este libro en la calle donde otra persona lo pueda encontrar y leer o usar para envolver huevos o armar cigarrillos.

 

Hay una tendencia New Age a creer que “la energía”, las conexiones astrales, la ruptura del incontínuo espacio-tiempo y la capacidad de contemplación y compasión son obra de algún Dios o del Amor Cósmico o de un montón de supersticiones teológicas posmodernas (y no tanto) e inmediatamente, un sujeto dotado de capacidades de transportación de la realidad más evidente, se convierte en un idiota fanático de la despolitización de las cosas, del amor infinito sin consecuencias ni contradicciones y de cuantas otras barbaridades más en las que se sustentan crueldades tales como el neo-liberalismo, la explotación desmedida de las personas y los recursos, del machismo y la violencia de género y del cuidado de las cosas “divinas” en descuido de lo terrenal, humano y evidente.

Yo caminé con mucho mareo por esa delgada línea. A veces me caí para alguno de los lados. Es realmente difícil no entrar en lo que podríamos llamar, mal y pronto, Delirio Cósmico o Delirio Metafísico. Gran parte de la humanidad padece uno o ambos.

 

Habíamos comido siete hongos cada uno: siete Guille y siete Yo. Los hicimos en una compotera con frutas surtidas, sobre todo cítricos, que aumentan la capacidad de asimilación de la psilocibina (psicoactivo natural predominante en los hongos del tipo “psilocibe”).

Comimos la amistosa ensalada de frutas a tempo firme, unos quince minutos. Tras un par de eructos y bostezos (síntomas del buen funcionamiento de la citada sustancia), no dimos cuenta de que la dosis era realmente alta. Había que relajarse e intentar aprovechar el viaje interior, sin desesperarse o preocuparse, cosa a que a mí no para de costarme cada vez que me encuentro con una planta mágica o una droga de diseño no cotidiana (para excluir al alcohol, los fármacos y algunos estimulantes de uso más común).

El mambo duró unas cinco horas. Tuvo distintos tipos de intensidades. Sufrí –o más bien gocé– todos los síntomas que describen los libros sobre plantas mágicas en la sección del Psilocibe Cubensis: sudor en la cabeza, euforia, frío-calor, hambre-saciedad, sueño-estímulo, calma-irritación y la maravilla de la micro y macroscopía, además de una distorsión grande de la percepción del peso (levantaba objetos que de a ratos eran pesadísimos y otras veces muy livianos), de la visión (tuve todo tipo de visiones e ilusiones) y del tacto.

Comprendí, tras pedirle a Guille que abriera la ventana porque me molestaba el encierro, que existe algo más allá de lo evidente y que desafía a todas las leyes de la física clásica: la nada. El vacío.

–¿Como es? ¿Todo negro?

–No es un color, es la ausencia de color. No se ve nada. No se ve ninguna cosa

–¿Y cómo es? ¿Cómo se ve?

–No se ve. Es la nada. Y es inmensa…

Esto desató una especie de sensación adrenalínica: ¡la nada podría estar en todas partes! Era inadvertible.

Guille y otro amigo que luego llegó a casa, Marvin, tuvieron la lucidez de grabar restos de disertaciones mías durante ese momento. De allí pude hacer un tema que se llama “Los Hongos de Esteban”, que cada vez que lo escucho, me da escalofríos.

Morí unas dos o tres veces. Hablé con antepasados míos. Vi la muerte futura de un amigo mío que, tras pasar varios años, logré constatar que efectivamente murió de esa manera; vi un viaje a un pueblo cercano que mi viejo estaba haciendo en ese momento con su pareja, lo que me ayudó a comprender que estaba emprendiendo un traslado, una especie de “viaje astral”, como le llaman. Una proyección metafísica.

Recuerdo con mucha lucidez cada visión y cada momento de ese viaje. Esto me impidió volver a usar plantas altamente enteogénicas durante años… Una década, aproximadamente. Le agarré cierto terror respetuoso a los psicotrópicos.

Esto fue un domingo. Al aterrizar de mis viajes de ese día, me vestí y me fui a ensayar con una banda que era bastante metalera. Luego me fui a dormir y no soñé nada. No soñé nada por un par de días.

 

El viernes posterior, un amigo me anuncia que, a la vuelta de casa, en el Lázaro Bailable, el colectivo Planeta X estaba haciendo una fiesta (la primera en ese espacio) muy interesante. Fuimos.

Esa noche doró varias noches, pero en mi cabeza, no en la instancia colectiva.

Al terminar esa noche larga, me fui a dormir a casa solo. Caminé muchas cuadras porque nos habíamos alejado de la zona en busca de un afterhour, lográndolo con éxito.

Me dormí inmediatamente.

Soñé de todo. Tuve mucho calor y sensaciones corporales extrañas durante toda la noche, pero no interrumpía mi profundo sueño.

Al despertar, vi la casa muy cerrada, muy aislada. Parecía que algo extraño sucedía…

Miro el radio-reloj y dice “7:25”. Lo que no especificaba era si de la mañana o de la tarde. Podía haber ocurrido que pasara todo el sábado durmiendo y que fuera la mañana del domingo.

Me levanté y me dirigí hacia el baño. Prendí la luz y vi mi rostro reflejado sobre el espejo. Era yo, estaba todo bien. No era un sueño lúcido, lo pude comprobar usando el viejo método de la peli de Linklater “Waking Life”, que consiste en prender y apagar luces, dado a que en los sueños, las teclas de las luces no alteran el estado de la iluminación. La luz se apagaba y encendía al mover la tecla. Estaba, efectivamente, despierto.

Al comenzar a sentir mi cuerpo, me advino una sensación brutal de hambre y el correspondiente sonido a “estómago vacío” lo decretó: debía buscar algún tipo de alimento.

En esa época, conseguir comida vegetariana un sábado, era prácticamente imposible, y menos si eran las siete de la mañana o de la tarde. Afuera estaba oscuro, pero es normal, en Rosario, en invierno, no amanece hasta las ocho de la mañana y tras pasar las seis y media de la tarde, ya está oscuro, así que podían ser las siete y media de cualquier momento del día.

Me ajusté el cinturón, me puse las zapatillas de lona –las únicas– y un saco encima de la camisa por si el frío se hacía sentir, porque dada la tremenda resaca, no tenía percepción de la temperatura y además estaba tan deshidratado que sólo sentía el fuego interior.

Salí a la calle tras patear algunas botellas que había dejado en el pasillo que da al ingreso –o también egreso– de la casa, probablemente con la finalidad de sacarlas a la calle cuando saliera, pero no había tiempo para eso, debía alimentarme, y la vida es corta.

Caminé una cuadra hacia la avenida más cercana, muy en contra de mi voluntad, porque odio las avenidas y más cuando estoy resaca y mal humor.

En esa cuadra hubo algo que me llamó la atención: no había gente.

Tampoco había restos de actividades humanas. Yo vivo en el centro.

Al ver los negocios cerrados y oír el silencio propio de un feriado, en esta zona, comprendí que se trataba de un domingo: había pasado un día entero de largo durmiendo… ¿Sería la noche del domingo o la mañana?

Me arrepentí de haber salido a pie y en esa dirección, así que volví a casa en busca de mi bici, mi fiel corcel que ya para ese entonces, llevaba casi tres años acompañándome, Graciela, mi bici de siempre… En bicicleta sería más rápido y menos tedioso recorrer la ciudad en busca de alimento.

Agarro la bici, me subo, pedaleo normal, a tempo allegro ma non tropo. Llego a la peatonal, doblo para esquivarla, aunque no haya moros en la costa, ni cristianos peregrinando. Algo extraño estaba sucediendo…

Ya adentrado en el microcentro de una ciudad que en ese momento albergaba a un millón cien mil habitantes, era demasiado preocupante que no hubiese personas yiroteando por ahí… Serían las siete y media, no, ya ocho de la mañana… ¿¿Pero por qué todavía no amaneció entonces??

Sigo hasta la calle San Luis, el punto álgido de calle San Luis: San Luis y Mitre, y nada. Ni un solo local abierto, ni un solo transeúnte para preguntarle nada. La nada misma. Esa sensación que una semana atrás había comprendido.

Pensé: “si se acabó la humanidad y yo soy el último, voy a contactarme con los animales”, entonces encaré hacia el río.

Al llegar a la costa, bajé por las calles empedradas y me lancé como un ave hasta el borde del río. No había ni personas en la calle ni autos que me impidieran la circulación libre, la circulación sin peligro, lo que debería ser, en un mundo relativamente organizado, la verdadera circulación.

Nadie.

Nada.

¡Pájaros! ¡Allá! Vuelan sobre el río en dirección norte. ¿Emigran?

“¡Eh!”, les grité esperando que se dieran por advertidos, pero nada.

Me asomé pasando las barandas del parque para acercarme al agua marrón de la diosa Paraná. Me arrimé lo más que pude, pero ningún pez me dirigió su atención en lo más mínimo.

Necesitaba un perro, un gato o algo así… Un animal de confianza. Un ser más “adiestrado” por la humanidad, pero NADA.

Me senté un poco confuso y muerto de hambre. Obviamente, acto seguido, me rasqué la cabeza, para completar el acto caricaturezco de la situación. Meé a unos centímetros de donde estaba, total nadie me miraba. Además de no haber humanos, tampoco había policías.

Me volví a sentar. La noche era más noche que antes. No iba a amanecer. Vi estrellas fugaces pero me daban la sensación más bien de ser bolas de fuego a kilómetros de distancia, cantidades inimaginables.

Fumé, porque recordé que tenía cigarrillos y fuego en el bolsillo. A lo mejor eso calmaba mi hambre… No sirvió para nada. Mi sensación era de desahuciamiento. ¿Volvería alguna vez a ver otro ser humano? Era jodida la cosa…

Al rato siendo un movimiento entre los arbustos de “la colinita” del parque España. Vi movimiento y sombras como de un animal pequeño. Intenté acercarme de forma super-cautelosa, imperceptible, pero al recorrer un par de metros me di cuenta de que si tardaba mucho, probablemente ese ser se alejaría y perdería la oportunidad de hablarle.

Apuré la marcha, pedaleé rápido, tiré la bici al llegar a la parte en que debía trepar la colina y proseguí a pie y trepando también con las manos. Me acerqué a los matorrales. Este ser emitió un sonido gutural difícil de describir… Era como una voz llena de catarro denso y emitida por una garganta gruesa, ancha pero corta. Un sonido grave pero muy gutural.

–Hola… Perdón, permiso… –me acerqué tímido y abrí el follaje de esa, vaya a saber qué especie de planta arbustiva que está plantada en los parques de la ciudad de forma descuidada y aleatoria.

–Blllrrrrrrr, ghuuuump… Arrrgggg, mjm –ese último “mjm” sonaba como un “ajá”, muy acertivo. Fue el sonido que me invitó a acercarme más.

Al abrir del todo el matorral, salió a la luz de la luna el extraño ser:

Cincuenta o sesenta centímetros de alto, gordo, bastante corpulento, bípedo y con manos casi antropomórficas, pero que también usaba esas manos para caminar, como algunos animales muy evolucionados que usan sus patas delanteras de manos con cierta motricidad fina.

Sus ojos eran dos esferas completamente negras con el brillo propio del mármol pulido. Sus párpados eran simétricos, inferiores y superiores y se abrían y cerraban al unísono en un mismo movimiento. Su boca, inmensa, recorría la cara grande de lado a lado bajo orificios que serían sus oídos. Su cabeza gigante y calva, el color de su piel grisáceo pero tirando a beige, cosa que no se comprendía con la escasa luz de la noche litoraleña.

Iba casi del todo encorvado como intentando no usar sus manos como patas, pero sin sostener todo su peso sobre sus patas anteriores. Su piel formaba pliegues, de modo que parecía que “le sobraba piel”. Algo así como una baba cubría todo su cuerpo. La nariz era como la nariz de una calavera, pero con la carnosidad del hocico de un perro ñato. Sus patas de atrás parecían pezuñas, sus manos parecían garras. Tenía una cola pero bastante corta, elevada por encima de su dorso.

Me miró, primero, como investigando mi morfología. Acercó su cara a mi cuello y me olió, me olfateó por menos de un segundo. Suspiró, “ahhh”, y calmo, se sentó a mi lado. Me señaló el suelo y yo lo interpreté como un gesto de que me sentara a su lado. Lo hice.

Nos miramos en silencio por unos segundos. Interrumpió la mirada señalando con su dedo a la luna imponente. Miré hacia la luna.

El extraño ser me miró y me dijo:

–”Deus est tenebra in anima post omnem lucem relicta”…– Y huyó veloz, escabulléndose en la noche. No entendí lo que me quiso decir hasta varios años después, cuando leí el libro de los ‘Viginti quattuor philosophorum’ (libro de los veinticuatro filósofos). Otra vez, la búsqueda incasable de la piedra filosofal, La Liebre, la vida eterna, me habían entregado a la pluma (o el cincel) del tan mentado padre de la alquimia, Hermes Trismegisto.

Al perder de vista al ser extraño, la frase quedó haciéndome eco en la cabeza. Bajé la colina y me dispuse a caminar, bici en mano, hasta mi casa.

Muerto de hambre pero más cansado que hambriento, llegué con las manos vacías y caí tendido en un sueño profundo sobre el piso de pinotea de mi pieza.

 

Al despertar, me encontraba, al día siguiente, en la misma posición que me había dormido, tendido sobre el suelo como quien se entrega a las fauces de la vida y “a ver qué le pasa…”.

Era lunes. Me asomé a la calle. Ya circulaba gente, autos, ruido, cláxones, niñas y niños llorones, gente que se grita glosolalias…

Después de eso, decidí rotundamente dejar los enteogénicos y las drogas de diseño que produjesen la pérdida del control sobre la percepción, al menos visual y sonora. Creo que solamente probé MDMA y similares síntesis. Me avoqué también más a las plantas medicinales y a la meditación, llegando a una extraña aplicación de la meditación trascendental (digo extraña porque era una versión adaptada por gente amiga mía), pero esto fue varios años más tarde.

En cierta ocasión, me sucedieron dos cosas relevantes: un diálogo muy racional con un animal de ganado y un encuentro con un brujo guaraní, ambos en el mismo fin de semana largo. No creo que sean hechos aislados, sobre todo porque las condiciones territoriales eran propicias: me encontraba yo en la selva misionera, frontera con Brasil y en tierras santas de los y las fieles de la iglesia del Santo Daime.

No fui por que sí, estaba intentando ver si podía adaptarme al nuevo ecosistema de mi pareja de ese entonces, una devota practicante del Santo Daime que había huido de la gran ciudad para encontrarse, en tierras más alejadas y menos controladas por la ley, con su comunidad religiosa cerca del país donde ésta se originó. Yo me sabía de memoria en guitarra y voz unos veintipico de hinários del Daime, por repetición. Nunca tomé la bebida mágica, al menos hasta ahora. Ni Daime ni Ayahuasca –que en verdad son el mismo preparado, en términos físicos, pero que el primero está dotado de una bendición especial de un sacerdote del culto.

Venía practicando ya de forma muy acérrima y al pie de la letra mi técnica de meditación, que consistía de tres tipos distintos de respiraciones, un mantra al principio, un mudra específico que terminé creando en base a distintos mudras frecuentes y un mantra de reconexión y agradecimiento al final, como para volver a la Tierra.

Esa tarde en esa aldea, mi compañera estaba trabajando y yo, que venía de una semana entera de gira por Córdoba, Chile, Rosario, Buenos Aires, me dispuse a descansar y a practicar una meditación a distancia: el cometido era conectarme con mi grupo de meditación a través del uso del plano astral. Ellos y ellas lo estarían haciendo al mismo tiempo que yo en Rosario.

Funcionó. Los vi, me vieron, nos hablamos. Esto fue un viaje en el espacio, una ruptura violenta de los parámetros físicos del espacio. Fue una locura pero lo viví como algo muy natural y jamás me atreví a cuestionarlo con métodos racionales (si filosóficos). Al volver de ese profundo transe en el que me conecté con mis compañeros y compañeras, decidí que estaba listo para emprender un viaje mayor, así que implementé algunos nuevos conocimientos sobre el Merkaba, antigua técnica de meditación que, aparentemente, los judíos esclavizados le “robaron” a sus torturadores los egipcios.

No me importó saber dominar bien la técnica. De hecho, casi nada sabía al respecto, sólo seis de sus diecisiete respiraciones y visualizaciones. En ese momento –y creo que hoy en día persiste–, me podía proclamar heterodoxo en todo. Nunca me importaron los tecnicismos y menos que menos las tecnocracias. Faltando el respeto a dos civilizaciones antiguas (dicho mal y pronto, porque jamás les faltaría el respeto realmente), me senté, cerré los ojos, canté mi Moola Mantra de siempre –que me habría enseñado, otrora, un estudiante de la Ones University en un viaje al desierto de la Rioja– y me puse a respirar, visualizando un portal luminoso color verde con la forma del dodecaedro sagrado de los antiguos hebreos. Este dodecaedro giraba en varias direcciones, cada tetraedro con su propio eje y se plasmaba frente a mi con un fulgor luminoso y que me cegaba.

Paradójicamente, y no es por llevar la contra, no me pude meter en esa visualización como para ver qué sucedía, porque me estaba meando, como ahora, mientras escribo esto, invadido pro la emoción y no pudiendo parar de relatar…

Abrí los ojos, canté mi Hari om tat sat de siempre, y me levanté con cuidado para no caerme de la liviandad que mi cuerpo sentía.

Caminé hasta el baño, esquivé una araña que podría ser una Loxsosceles Laeta (alimaña mortal pero de otras zonas del país) y me dispuse a vaciar mi vejiga.

Al volver a la habitación, dormitorio que hacía sus veces de sala de meditación, respiré hondo, me tomé una bocanada de humo del Nag Champa, y casi sin cerrar los ojos, ya estaba siendo aspirado por un viaje increíble.

Me vi sentado en un patio, una escena de urbanidad. El patio de una casa desconocida, junto a una mujer desconocida de cabellera rizada oscura, y mis dos más grandes amigos y compañeros de aventuras. Charlábamos, tomábamos mate, yo tenía una taza de té en mi mano. Sentía como el calor de la taza se transfería a mi mano. Lo disfrutaba. Disfrutaba de estar en compañía de esas tres personas. En un momento, uno de mis amigos saca una foto. Ese es el elemento clave de la historia.

Volví del transe atónito. Eso si que me desconcertó. Me sentí muy raro, con sensaciones encontradas en mi interior. Salí a caminar como para despejar mi mente un poco. Subí un leve morro y me adentré en el monto no tan frondoso a esas alturas.

Me encontré frente a un cebú. Lo miré detenidamente hasta que esté me hizo un gesto con su cara y señaló bruscamente con su cabeza hacia la pequeña cima de un montículo de tierra natural. Mientras yo miraba lo que él había señalado, el animal caminaba, tranquilo, en esa dirección. Lo seguí, porque me sentí convidado por su gesto.

El cebú se posó sobre el montículo y miro hacia el río Uruguay, en dirección a la primera costa brasileña visible.

–Eso no es nada. Esto no es nada, y por eso estamos aquí –me dijo el animal, con una voz de hombre viejo y calmo, vos que no oí con mis oídos sino con mi mente… Digamos, no telepatía, delirium tremens.

–¿A qué se refiere? La nada… –buscaba aclaraciones, especificidades.

–Esto que usted es, y esto que yo soy, es parte de esa nada que todo lo abarca y nada contiene. No es importante el significado, es importante preguntarse por él.

–Gracias –no sabía cómo responder a ese mensaje más que agradeciendo. Como estaba muy inmerso en lo védico, por esos días, desprendí al pasar, yéndome, un “Namasté” con un saludo de reverencia. El cebú me respondió:

–Namah Shivaia. No tropieces al caminar, pero si tropezás y entrás en terrenos pantanosos, podés seguir tus huellas para volver hasta un suelo firme y recomenzar.

No entendí nada. En las siguientes horas, sabía que podía contarle todo esto a mi compañera, ella lo iba a entender porque tenía muchos conocimientos sobre fenómenos poco racionales como los vividos por mí esa misma tarde.

No sería ni la primera ni la última vez que hablase con un animal, así que me daba igual, pero nuca me habían dicho palabras tan claras y tan confusas a la vez. Necesitaba más diván, menos meditación, más trabajo físico y menos trabajo intelectual, coger más, dormir más, tomar más té verde y menos chai, vivir más de día y keseyó cuantas cosas más que en ese momento estaba ignorando por completo… Lo que si me venía pasando, hacía un tiempito, era que estaba muy centrado en mí mismo. Necesitaba salir de mí y darme a otras personas. Era un período introspectivo que ya estaba llegando a su fin.

Esa noche, teniendo ya decidido bien todo esto, en una reunión en una casa vecina, conocí a un brujo guaraní, un hechicero, alquimista, filósofo o como la cosmovisión del lector o la lectora contemple dentro de sus parámetros culturales o ideológicos. Digamos que un médico que practicaba un saber antiguo, ancestral.

No quiero extenderme, pero, sobre el final de la noche, le conté lo que había vivido y me sugirió una aplicación de yopo. Algo así como un rapé de wilco o cebil… Un polvo mágico aplicable por vía nasal. En esto debo hacer un hincapié: la erogeneidad occidental está limitada a muy pocos órganos del cuerpo, hablando de gente con “buenas costumbres”. Los pueblos originarios de todo Sudamérica ya sabían que meterse cosas por la nariz está re bueno. Elaboraré, luego, un manifiesto del Erotismo Nasal, pero no creo que ahora se conveniente: corto y bueno es doblemente bueno, voy a acotar mis palabras.

Este señor me hizo arrodillar frente a él, quien se agachó levemente y me introdujo un cilindro de caña en la nariz. Yo sabía que el yopo era un arte antiguo de los indios de la región amazónica, pero también sé que la civilización tupí-guaraní se extendió por casi todo el cono sur de América.

Dijo algo en guaraní que no entendí (porque no sé decir más que estupideces en esa antigua lengua) y me sopló violentamente el polvo dentro de mi orificio nasal derecho, el que suelo tener menos obstruido.

Sentí una patada en la cara, una hinchazón en el cerebro y me desvanecí hasta fusionarme con las hojas triangulares descendentes y fosforescentes de los sauces, las cuales brillaban y me encandilaban mientras yo me hundía en la tierra, atravesaba el humus del suelo hacia una superficie barrosa, donde también me hundía y así hasta sumergirme en el ceno de la Madre Tierra o de ese leve monte del litoral gaucho.

No tengo mucho más recuerdo de eso. El día siguiente estaba en un colectivo volviendo a Rosario, en un viaje larguísimo que llevaba varios transbordos. Sería la última vez que vería a esa mujer siendo mi compañera. Me fui porque no podía habitar ese lugar. No por los acontecimientos extraño o irracionales, sino porque no me gustaba la onda de la población: altos índices de feticidios y violaciones, incestos violentos, insectos violentos, insectos violetas, asesinatos por nada sin consecuencias, persecución ideológica, homo y lesbofobia, racismo (hacia cualquier tipo de etnia), y una lista larguísima de males sociales, culturales y naturales, como la araña cangrejo: te pica y te mata en veinte minutos.

Simplemente no resistí todo eso. Fui por una quincena de prueba. Sólo estuve cuatro días. No me gustaba que niños de diez años anden en motocicletas por la ruta a noventa o cien kilómetros por hora mientras sus padres violaban a sus hermanas y asesinaban a sus madres. No es el modelo de sociedad más extraño, en las ciudades pasa todo el tiempo, pero acá era muy evidente, porque de un total de casi cinco mil habitantes, ocurría uno de estos crímenes inhumanos cada dos días. Huí de ahí ni bien pude.

 

Terminaban así, mis años de chamanismo y psicodelia. El psicoanálisis, un poco menos de meditación y los viajes en avión los suplantarían. Al menos por un buen rato. Aunque ninguno de estos tópicos se excluyen entre sí.

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[1] Puedo argumentar esto desde mi propia experiencia: más de una vez, trabajando con niños, pre-adolescentes y adolescentes, apareció de parte de ellos, el tema de Lo Psicodélico o La Psicodelia. Por ejemplo, el trabajo final de un taller de cine que di en el año 2007 en el Kinder del Centro Cultural Israelí “Ana Frank” llevaba por título dado por sus estudiantes de entre once y catorce años “Viaje Psicodélico”. Hace poco, una niña de nueve años a quien doy clases de Creación y Experimentación Musical, me dije “este tema es muy psicodélico”, haciendo referencia a su última creación de estudio.
[2] La Meditación Trascendental puede ser prejuzgada (cosa que yo haría si no me hubiese beneficiado por ella) porque en el mundo occidental es usada como estás técnicas horribles de couching y de generación de eficientismo en empresas multinacionales, grandes corporaciones y tal… Realmente, hay muchas maneras de practicarla y con infinitas finalidades .
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