Una sociedad escandalizada (o La Nada Misma)

Probablemente se diga muchas cosas sobre las y los holandeses. Creo que no es momento de poner en discusión ningún aspecto social o macro-juicioso al respecto… La cabeza me dolía y pensaba en muchas cosas cuando desperté: “¿Qué estoy haciendo acá?”, “¿Por qué no me quedé en el centro?”, “¿Esta mujer no está loca?” y muchas cosas que un estúpido señor de veintitrés años que se cree intrépido al hacer uso desmedido de su promiscuidad sexual en países extranjeros pensaría al advenírsele un domingo de llovizna finita despertando en una cama extraña con una compañera que empezaba a dejar de ser interesante a unos doce o trece mil kilómetros de donde fue parido y donde se yerguen las paredes de lo que él llamaría “su hogar”. Preguntas realmente inútiles, invalidadas inmediatamente con la respuesta “te cabe por gil, bancatelá” y punto.

Suzy era muy bonita, reunía todos los yeites de una mujer cool de treinta y seis años que podría pisar suelo europeo: pelo corto teñido de negro –porque claramente, era de tez extremadamente blanca y ojos demasiado claros de un tanino étnico que debería ocultar un pelo exageradamente rubio-platinado tras la tintura–, aro en la nariz, ropa hipster (aunque en esa época ni por imaginación se asomaba ese término en Rosario), tatuaje que le recorría todo el costado derecho de la espalda, bordeándole sensualmente la columna vertebral completa hasta delimitar la parte inferior de su coxis, medias largas a rayas horizontales, una actitud entre rockera y bohemia, políglota, profesional, coordinadora de un proyecto que a simple vista se veía interesante –luego, unos días después, no, para nada– y una voz increíblemente seductora. El acento con el que las personas habitantes de los Países Bajos hablan el inglés, es, de por si, algo increíblemente seductor. Ella, además de inglés, francés y holandés, hablaba en portugués a la perfección, con un acento paulista bastante sofisticado, propio de la élite de artistas contemporáneos bohemios de la gran ciudad brasileña. Había vivido ahí por unos años y dirigía un estudio de diseño de no sé muy bien qué.

Caminamos desde el Café Belgique hasta el Sound Garden, cruzando desde la zona del Dam Square hasta el corazón del Jordaan, a una cuadra de casa, Marnixstraat y Rozengraacht, en un paso casi diagonal alternado por su diagonal opuesta, pívot pandeante entre los tobillos y las rodillas que se doblaban, paso perpendicular entre el recorrido de ella y el mío hasta estrellarnos entre nosotras o contra las paredes de ladrillos alguna vez levantadas allá por el siglo XVIII, ella, altísima, yo muy torcido como para intentar que no me hablara mirándome desde arriba, ella agachándose para evitar cierta imagen de definición de género –propia de las contradicciones de las sociedades que se dicen “progresistas” y desprejuiciadas–, porque una mujer no debe verse muy distinta de un varón o más alta que él –dixit de borracha primermundista en sarta de contradicciones conceptuales.

–Paremos en un cajero, necesito dinero en efectivo –extraña propuesta, porque hay demasiado pocas cosas que en Holanda Septentrional en el año 2010 no se puedan pagar con tarjeta…

–¿Eh, en serio? No paremos Suzy, me congelo si paramos…

–No vas a invitarme vos, ni lo sueñes.

–No planeaba invitarte, vengo de un país con una moneda débil por más de su economía fuerte y ustedes deben ostentar religiosamente su área de libre comercio –a esto último no lo dije, lo pensé pero los labios no respondieron. La Trappe son cervezas violentas y los extraños eufóricos te invitan con más de una en los pubs de Ámsterdam (otras vez el Word me pone la tilde esa de mierda sobre la A…), de modo que veníamos puestísimas, las dos. No todo lo que se pensaba se decía.

–¿Sabés qué? Me siento muy cómoda y muy feliz de tener esta maldita (cogida) tarjeta… Me hace independiente

–¿Qué decís Suzy (sobre qué estás hablando Suzy)? Te hace dependiente de un sistema bancario y de todas sus posibles sucursales… ¿Te hace feliz estar bancarizada? No entiendo… Pensé que eras más copada (fresca)

–¿Ey, qué te pasa (qué anda mal con vos)? ¿Por qué decís eso? Es maravilloso poder ordenar la economía así…

La discusión se llevo a cabo durante las siete cuadras restantes hasta el bar. Nadie logró convencer a nadie sobre su postura filosófica superflua…

En Sound Garden nos mirábamos sin hablarnos, no todo lo que se pensaba se decía…

Cruzamos palabras en portugués para que un grupo de argentinos y una amiga polaca no entendieran lo que decíamos, que era meras histeriqueadas, el manual de los tontos que quiere irse juntos llevado al pie de la letra. Halagos, bizarreadas que por suerte no recuerdo, proseguidos por un largo silencio. Ahí fue que nos mirábamos sin hablarnos.

Debe haber durado mucho, porque mis amigas y amigos se fueron yendo. Ella no tenía amigos por la zona, ella era de La Haya y no había vivido mucho tiempo en la otra capital, tenía gente del trabajo, gente de otros pueblos, como el chico gay con el que vino al café cuando empezamos la noche juntas y que tuvo que irse corriendo a la estación central para no perder el último tren de la noche a su pueblo de residencia.

Nadie la conocía. Yo ya había preguntado por ella a un grupo de artistas locales. Conocían a la organización para la que ella trabajaba, pero como los y las holandesas son tan “políticamente correctas”, nunca dijeron ni bien ni mal, algo sobre la organización. Se limitaban a decir que de ella no sabían nada. No tenía un nombre muy común. De hecho, mientras escribía esa afirmación, googleé su nombre para ver cuántas personas me salían, y entre los cinco resultados, estaba ella.

Suzy me sigue mirando, el bar está por cerrar. El bartender me conoce, hace ya casi dos meses que estoy “instalado” (parasitando a mi amigo y su pareja) en esta ciudad y ese es mi bar de costumbre –a ciento veinticinco metros de casa, y si pudiera nadar para cruzar el canal, serían unos treinta metros nomás. Este muchacho me hace un gesto de complicidad, me sonríe. Parecía que me decía “dale loco, váyanse juntos, ¡se gustan!”.

No voy a dar muchos detalles más sobre todo esto. Quería escribir una breve historia dos páginas, cuando mucho tres. Lo importante no fue esa noche, sino el triste y melancólico domingo después de esa noche que podría haber sido una noche más, de haber estado aislada por completo del día que le seguiría.

–¿A mi casa o a tu casa (Mi lugar o tu lugar)? –sonríe y alza la copa de champagne o de espumante noseké.

–No vivo solo… De hecho, creo que con mi presencia ya estoy molestando bastante…

–¿Es cerca?

–Es acá cruzando el canal…

–Qué pena… Yo vivo en El Norte –y esa palabra me reventó el cerebro.

El Norte de Ámsterdam (y no me importa cómo carajo lo escriba el corrector del Word) es una tierra desolada, abandonada a la buena –o a la mala– de Dios, allá cruzando esa laguna inmensa en un ferri que sale cada un rato, cada vez menos frecuente a medida que la noche avanza –ya eran las cuatro de la mañana, horario de alter-hour en cualquie país europeo, pero más en Holanda– o en embarcarse en conseguir alguna especie de bondi que te cruce por el túnel que te lleva del otro lado…

–Yo te invito el taxi, dale, vamos –me dijo como habiendo escuchado todo esto que acabo de escribir.

–Es una locura nena, ¡debe salir como la comida de tres o cuatro días!

–¿Todos ustedes los latinoamericanos miden el dinero con la comida? Dale, vamos.

Prácticamente me tironeó del bar, me sacó a los tirones. Su mano era hermosa. Tenía dos anillos muy grandes y vistosos en su mano izquierda. Llegué a creer, por un momento, que era zurda. Luego recordé que fumaba con la derecha, esa misma mano con la que paró el taxi que justo pasaba por la avenida. El tachero tenía la misma cara que debo haber puesto yo cuando Suzy le dijo hacia adonde íbamos.

 

–No voy a prometerte nada. Te invito a dormir, nada más. Podemos tomar un té.

–Yo no me voy hoy de acá solo. Prefiero dormir en el piso de tu living que en la cama de huéspedes de mi amigo –le dije antes de que me tironeara del bar hacia la calle. Saludé al bartender mientras ella me decía:

–No voy a prometerte nada. Te invito a dormir, nada más. Podemos tomar un té.

Pero, esa noche, no todo lo que se pensaba se decía.

 

Las tazas de té humeaban mientras hacíamos el amor, no, el amor no, no había nada más lejano y distante que El Amor en ese momento. El amor parecía lo más sublime del universo al lado de eso, que realmente podría haber sido llamado “hacíamos un asco”. No hubo un solo beso, una caricia, una sensación humana fuera de lo mecánico, corpóreo sin ánima, placer mecánico, de vidriera de shopping center, de publicidad de Lucky Strike, de revista Cosmopólitan, una mierda, una tristeza. Fue, realmente, un polvo que me hizo sentir el amor de Latinoamérica –mi primer y único polvo primermundista–, una clara desidia, un abandono de un polvo a la deriva en un barquito arrojado al Mar del Norte o al Mar Ártico, glaciar, frío y lejano, sin retorno… Un polvo de yonkis, un polvo de la Nada cogiendo con la Nada. ¿Un polvo de mentira? A lo mejor era un polvo desesperado… De parte de las dos. Una cosa extraña, nunca antes vista. Me sorprendió… Me pregunto si esa es la forma cotidiana de esa mujer para encontrarse con el cuerpo de otro o era que yo fui invitado solamente a un té y no estaba en los planes… A lo mejor era yo muy joven… Muy sudaca, muy anarquista, muy contradictorio, muy neurótico, muy monotemático, muy hablador (de más), muy poco profundo, muy frívolo, muy Nada…

Si yo era muy Nada, ella era la Nada dos veces. No, la nada al cuadrado. Eran ella y su gemela La Nada en un trío conmigo, que parecía, era yo también un Nada.

Las tazas humeaban mientras hacíamos nada en un coito bizarro sobre un colchón tirado en el piso de un dormitorio muy minimalista en un piso compartido con una chica de São Paulo, piso de parquet plastificado, monoblock del norte de la ciudad nombrada, arquitectura moderna pero mínima. Planeamiento, urbanismo, cosas que las personas de latinoamérica no tenemos y que, probablemente por eso, cojamos con sentimiento… Por eso y muchas cosas más, pero quería sonar poético cuando lo escribía…

 

El acto “sexual” fue mecánico: primero yo, después vos, ahora vos y después yo, ahora de frente ahora de atrás, pará, empezá de nuevo, vení-voy-paráqueahívamos-esperaunpoco-ahorasí ahorsí ahorasí ahorano, ay… Qué bien. “¿Querés un cigarrillo?”, “no fumo cuando estoy agitado, gracias”.

–Bien –sonrisita– Ahora quiero dormir.

Se dio vuelta y se tapó con el plumón. Vi por última vez su tatuaje, porque al despertar, ella ya estaría vestida con dos tazas de café, como los ingleses, té a la tarde, café a la mañana, todo en su lugar.

–Vámonos de acá, mi compañera tiene un humor de mierda

–¿O sea que nos vamos juntas? Digo, ¿me acompañás al centro?

–Ey, la pasé muy bien con vos… ¿No querés que desayunemos? –de repente la muchacha-robot cobraba algo de ternura. No sólo en lo que decía, sino que sus ojos brillaban. Sigo sin entender cómo mierda fue que algo le hizo creer que la pasó bien conmigo… Eso será un misterio que me llevaré a la tumba, porque no voy a volver a verla nunca más.

Yo sabía que su compañera tenía un humor de mierda. La escuché hablar por Skype durante media hora con su hermana en Brasil y las cosas que le decía eran horribles. Como Suzy se bañaba, ella aprovechó para decir cosas de mierda sobre su compañera y sobre la gente que la rodea, ignorando que había un loco en su cama escuchando todo y, sobre todas las cosas, ignorando que podía haber un loco lusoparlante[1] que escuchaba y comprendía todo lo que ella decía sobre la persona que hubiese dormido con él esa noche y mañana.

Salimos y tomamos el ómnibus en la rotonda antes del túnel. Tierra extraña, para mí, El Norte.

El chofer es muy buena onda, según Suzy, porque yo hablaba demasiado poco el neerlandés y comprendía todavía menos. No sé que atención nos habrá hecho, pero parece que nos tiró una onda…

 

Bajamos donde empieza (¿o termina?) la avenida Prins Hendrikkade y, no sé por qué tanto, caminamos hasta meternos en la zona de mercados de vaya a saber qué barrio del centro, cerca de la estación central pero no en el circuito aburrido de la Damrak o las calles más abarrotadas del centro.

Ella insistía con cadenas multinacionales: Starbucks, Taco Bell, KFC (que ahora verlo me causa gracia, parece como si dijera “Kirchner, Fernandez, Cristina”)… Una librería que tenía una cafetería. Ahí fuimos después de desayunar en un barcito chic, terraza en calle, estilo parisino.

Lloviznaba, paraba, lloviznaba, paraba, le dije “¡vamos a refugiarnos en un coffeeshop! Error lingüístico, yo me refería a un lugar donde se expende marihuana y otros tipos de canabinoles. Ella, primero entendió “cafetería”, pero después al ver mi expresión, me dijo algo que me sacó de lugar:

–Mirá, vos porque sos extranjero y te debe gustar toda esta mierda del turismo en Holanda, pero fumar marihuana, siendo holandés, está muy mal visto.

Sé a que se refería, pero en ese momento no lo supe… La clase social que fuma en coffeshops son bohemios de clase media, militantes de izquierda, feministas, rockeros, arquitectos cool y músicos de jazz. Los marginales fuman faso prensado de Tailandia o de países orientales o medio-orientales y lo hacen a escondidas de la policía. Los ricos fuman en sus casas y no le dicen a nadie que fuman.

El Acto II fue mucho peor: tiradas al costado de un canal –no recordaría cuál–, sobre el césped húmedo, un poco antes de otra llovizna, me dice “porque esa gente sucia que roba libros les arruina su proyecto perfecto”, refiriéndose a una librería que, para mi gusto, no era un proyecto perfecto, más bien una cadenita de librerías con aspiraciones a comerse el mercado cuando consigan más inversores y hasta que una mega cadena yanqui la compre.

–Robar libros Suzy, es lo mejor que hay –creo que lo dije así para provocar–, los libros no se compran ni se venden: se regalan y se roban.

–¿Estás hablando en serio (estás siendo serio)? ¿Robaste alguna vez libros? ¡¿¿Sos un ladrón??!

¿Cómo explicarle sobre la expropiación de bienes culturales a la industria devastadora e hiper-explotadora de personas y recursos?

–Suzy, robarle libros a una empresa grande no es robar, es expropiar.

–Oh Dios mío, ¡¿Sos (un) comunista?!

Al principio pensé que se trataba de una broma. Una parodia al estilo Monty Pythons, pero no, ni ella ni mucha gente holandesa que yo había conocido sabía jugar con ese tipo de retóricas…

–No Suzy, libertario, extremista, hasta la verga (en una muy mala traducción al inglés urbano)

–No puedo creerlo… –me miró como una madre decepcionada. Luego hizo una pausa– Está lloviendo otra vez. Vamos a cenar por ahí…

Era increíble como esta chica parecía que no podía estar sola, no menos increíble de lo que parecía que yo era un estúpido que cree que muere cada domingo y peor aún si estaba solo, así que la invité a cenar en casa, fanfarroneando que la “forma argentina de cocinar pasta” era lo mejor que ella iba a probar por un buen tiempo…

Terminamos la tarde-noche en casa (casa de mi amigo y su pareja) escuchando Mellon Collie and the Infinite Sadness de los Smashing, a raíz de mi comentario de que me sentía melancólico, a lo cual ella me dijo:

–Guau, “melancólico”… ¿Siempre sos así de poético?

Empecé a pensar que la población del Reino de los Países Bajos nuca sentía melancolía. Pars pro toto, como vengo haciendo en todo este capítulo…

Nos tiramos sobre la alfombra y fumamos la pipa de la paz: un tabaco mezclado con jachís, el convenio del revoltoso sudaca enamorado de la sabia del norte de África y el elixir de una dama holandesa que tenía la cabeza llena de prejuicios, todo esto al sonido de la voz casi triste de Billy Corgan, quien no debe haberse imagina cuántas situaciones como estas habrá musicalizado…

Cuando oscureció del todo –estábamos cerca del verano–, me dijo que se iba. Se iba, quiere decir, que salía sola, pero yo, con mi estilo autóctono, insistí en acompañarla hasta la puerta, al menos.

Le insistí por segunda vez con besarnos, ya lo había hecho estando las dos en su cama, luego de eso que, para resumir, llamaremos acto sexual. Creo que entendió “¿no me besás?” como un pedido de felatio y por eso me dijo “luego”. Es difícil hablar de estas cosas en otros idiomas.

Ella ya se iba después de darme un abrazo y decirme, otra vez, que había disfrutado mucho de todo.

–Ey, pará, ¿por qué no me querés besar?

A este segundo pedido dijo, simplemente, “recién nos conocemos”. “Buenas noches”.

Respondí en holandés, “welterusten” y vi cómo su silueta (hermosa) se desdibujaba en la niebla y la llovizna delgada, delgada ella, delgada la oscuridad de la noche, delgada su sombra…

Otros de esos sucesos irrelevantes de los que es preciso hablar durante horas…

 

 

[1] Hablante de lengua Portuguesa. Pongo esta nota porque es una palabra que ni yo, hasta recién, sabía que existía.

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