Alt+Tab

Alt+Tab, paso al block de notas, veo mis tareas del día: “Bandcamp Cabezón”, “Vender música por Internet”. Abro el Word y me pongo a escribir la bitácora del día…

Es viernes 12 de agosto del 2016 y siento esa extraña fuerza interior que, cada tanto, me impulsa a escribir.

Últimamente viene con forma de relatos, cuentos, estupideces y ese tipo de textito Express posmoderno, que bien, años atrás, podría haber sido como esos membretes que escribía Girondo, pero sin virtuosismo minimalista.

Veo el tema de Spotify, Amazon, plataformas platamorfas de Internet para “lucrar” con la música de uno hecha en formato digital, –virtual, sobre todo–, y me revuelve las tripas la idea misma de firmar un contrato a través de una pantalla de cristal líquido sin verle la cara al tipo (o mina) que me lo arriba y me pasa la birome.

¿Firmar contratos? No es algo que haga frecuentemente.

Una vez firmé uno para que me conectaran Internet, cable (que no lo usamos) y teléfono. Después de eso, creo que no estuve firmando contratos más que de locación de inmuebles –el que me los pasa suele ser mi viejo; la birome sale del portalápices de mi estudio, que dicho sea de paso, es un vaso cervecero de plástico que me regaló mi viejo.

Al toque, como quien no quiere la cosa, alt-tabeo a la pantalla del Word y de ahí a la del Firefox donde dice “subí tus temas” en la página web de Planeta Cabezón.

Cada vez me termina pasando lo mismo: firmo con la empresa fantasma que mucho promete a los niños y niñas desvividas por alcanzar un triunfo al estilo MTV (karma generacional que debemos manejar con delicadeza) o, por el contrario, meto toda la bolsa de melodías extravagantes en un servidor gratuito de algún colectivo que hace cosas bellas, por amor, por utopía libertaria o el nombre que se le adose próximo a “utopía”. Vacilo un segundo, alt+tab, “firmo” el contrato tácito con el colectivo que hace cosas por amor y anarquía futura, por el Mundo Nuevo ese que “llevamos en nuestros corazones”, nunca mejor discurseado.

Tema que en unas horas, llevaré a mi análisis. Miedo a lidiar con cyberfantasmas corporativos. Tomar nota mental 😉

Mucho más allá de las bellezas de nuestra era caber-exagerada, esta dicotomía existió siempre y es un gran dilema de la humanidad. Es más, yo diría, o más bien, Me Atrevería a Decir, que es ese acto instantáneo y efímero que separa a las personas en dos tipos gigantescos (nunca más errada clasificación, pero ahí va): los que hacen lo que sea por triunfar –muchos colegas, parientes, mi propia madre, muñecos de multinacionales que llenan las pantallas televisivas y de Internet y a veces, hasta el verdulero de la esquina–, y las personas que se detienen un minuto a pensar sobre el funcionamiento de la industria, el alma mater del sistema capitalista, la relación humana y emocional-social y que, al suspirar, acto seguido, terminan dilucidando “esto no soy yo”. Retirar la mirada y seguir adelante, no firmar contrato, cerrar la puerta, darse la vuelta, parar el auto, rasgarse las vestiduras y correr cual servatillos libres por los bosques, o bien, poner el clic en otro lado donde no hay flebótomos o parásitos de las ilusiones ajenas y del potencial de la pulsión de vida.

Un colega y más o menos amigo (músico) me dijo el año pasado “se puede hacer, hay que estar dispuesto a cagarse en todo y golpear un par de puertas entrando totalmente convencido de que sos Elvis. Después, convencerlos es fácil. Te dan un contrato muy escueto y te mandan a tu taller de musiquitas”. Lo pensé, no era tan difícil. Vi a varios compañeros y ex–amigos hacerlo. Veo que les va funcionando. También veo en las bestias que se van transformando y, al soñar con ellos en esas noches turbias de días laborales, tengo los sueños más kafkianos que un ser mortal con sólo dos patas puede tener. Me quita el sueño. Hasta a veces, el aliento. No es fácil querer vivir del arte pero no querer vivir como la industria lo exige para lograrlo. No es que yo tenga o haya tenido la clave del éxito –cosa que, creanme, realmente no es algo de otro mundo, es una simple fórmula que cualquier ser con ansias de observador puede descifrar–, pero a veces pienso que estuve varias veces así de cerquita de abrazar La Gloria y de llenar mi agendita con los sabores del éxito y empezar a comportarme como un tipo importante, cuando ese extraño mecanismo de auto-sabotaje o de auto-preservación de los principios de quien se masturba mentalmente con la utopía de la revolución social y el mundo nuevo, me viene a meter un tacle al mejor estilo Mundial de Rugby y a llenarme de palazos en el piso. Al recuperarme pienso “creo que hice lo correcto”, después vienen, en una kermés de alucinaciones de peña de facultad de humanidades, todas las imágenes vivas de los muertos famosos que me dan la mano, y están todos, Bakunin y Kropotkin abrazdos a Foucault, Godard y Lacan con Nietsche en una jaula y algunos mitos vivientes de mi ciudad y todos me felicitan y me dicen “que se joda la industria, necesitamos gente con corazón” y todos ríen y beben, hasta el viejo Bakunin, quien promulgaría la abstemia para no caer en las fauces de los vicios burgueses, se sirve whisky del zapato de taco fino de una mujer imaginaria como salida del Cabaret Voltaire (sucucho fascinante de la extraña Zurich que, un año antes de el suceso que me empujó a escribir, habríamos conocido con la bella Lali López P., mi compañera).

Claro que Bakunin tiene razón, aunque sea uno de los viejos más cabrones con los que haya alguna vez alucinado en mi vida, alguien con quien no compartiría una mesa en la fiesta de un casamiento, por seguro, pero tiene razón. Aunque yo pienso que no se puede ser más papista que el papa, así como más anarquista que Durruti o Kim Jwa-Jin, así que me quedo pensando en esa liebre que nunca se atrapa: El Éxito. Motivo redundante de mi análisis, pesadilla de mi analista que repite su almuerzo sentado en su silloncito cuando desde el diván le digo “eso, El Éxito…”.

Alt+Tab, vuelvo a la ventana del Firefox. La web de Planeta Cabezón por fin anda bien y me dice que mis temas fueron subidos con éxito. ¡¡Esa palabra otra vez!! Claro, en verdad a eso no lo dice la web, lo digo yo. La web pone una tilde al lado de cada canción. Chequeo que todo esté bien y me levanto para prender la luz, porque ya está oscureciendo y mi vista de mierda se empieza a entorpecer aún más. Prendo la luz. Tac. Anda, a pesar del tarifaso. Me concentro en qué carajo quería yo decir cuando abri el Word…

Hablé con Charlie Egg, con Juani Favre, gente de Planeta X a principios de este año, antes de que la generosidad inmensa de ese colectivo con el que crecí libre y lleno de ideas de horizontalidad aplicara la tarea de publicar mi último disco.

En las charlas con ellos tocamos varios temas como Copy Left, Creative Commons, Dominio Público, en fin, nuestros fundamentos teóricos y espirituales para nuestras prácticas diarias como artistas. Pensando en eso, pego con ran esa charla de un febrero cálido con Juani a la orilla del río, con la que tuve en el frío de agosto la semana pasada con él mismo en una librería, después de un show de él y obtengo otras ideas: Juani firmó con Pop Art Discos, importante discográfica de Buenos Aires que lleva en su prontuario (bueno, catálogo) a discos de los Babasónicos, por ejemplo. Dárgelos produjo ese ultimo disco de Juani en Buenos Aires (me da asco, todavía, decir esas dos palabras… debería también llevar eso a análisis).

Ahí hablábamos de hacer maniobras, de dar pasos, para donde sea, pa’tras, pa’ delante, hacia la oscuridad… Firmar un contrato no es la muerte de nadie, porque al final es un contrato laboral –hay que leer la letra chica y respirar un par de veces antes de poner la birome sobre el papel, de igual manera.

Pensé en eso en estos días. Su último disco está en Spotify, igual que el de Lorenzo Leto (compañero mío de aventuras y melodías). Pensé en Spotify, ahora que los estoy nombrando mucho… ¿Son suecos? Son astutos los suecos. Sobre todo en el campo de la música… Pioneros, de verdad.

Cuando estuve instalado durante el 2010 en Holanda en la casa de el gran Palmer (o Palmerín de la Rivera), conocí dos cosas: Spotify y Grooveshark. ¡Mire usted que antagonistas!

…Elegí Grooveshark. Al llegar a Barcelona tras dos meses y algo de estar acomodado en Ámsterdam, todo el mundo me decía “¿Usas Spotify? ¿Tu música está en Spotify? Spotify es una pasada. Spotify es super-guay” y tal… Nunca me pregunté como funcionaba esa plataforma que todo el tiempo te pedía que les pagues algo. No me interesaba. ¿Cómo hago dinero con mi música? Bueno, realmente no estoy muy conforme con eso. Lo hago con trabajo duro como instrumentista, realmente. Como un baterista y percusionista proletario, no como compositor ni como cantante, ni como frontman ni como autor o productor de nada. Indie indie indie under. Soy una rata que fue pisada por la bota de un nene cool de Manchester. Estoy muy lejos de ser el nene cool de la nueva ola de la cool-tura, aunque hace un años aprox, me enfermé con eso de disfrazarme de tal cosa para empezar a hacerle frente a los años, que te sacan onda y por ende, credibilidad, pareciese.

Soy la mentalidad adyacente al suelo que transpira la plusvalía de una fábrica de idioteces mientras las ideas liberadoras se malgastan como cupones de descuento en un hot-sale en la meca del consumo. Rosario es una diva moribunda, una señora vieja como Rita La Salvaje, ya despojada de glamour, ¡y nos va a hacer pagar por eso a sus hijos fieles!

Las momias desfilan por las discotecas, así que yo ya no quiero hacer música para discotecas. Las pocas que hice, no llegaron a las discos de luces estroboscópicas, más que a las fiestas de algun amigo que, años después, devinieron magnates.

No hago jingles publicitarios, hago cancioncitas para amigos que venden o regalan cosas que solo ellos pueden producir y que, por ende, no muchos quieren consumir.

Paso más tiempo en salas de ensayos y en estudios de grabación que en mi casa, a veces. Otras veces, paso demasiado tiempo en mi casa. O en bares. Lejos de todo tipo de relaciones públicas que podrían ser una herramienta rudimentaria para la caza de las liebres que corren felices y con cara de “este gil no nos agrarra ni a palo”.

Éxito, se debería llamar este texto, en vez de Alt+Tab. También considero que soy malo nombrando las cosas. Imagínense: me inventé un pseudónimo artístico que nadie pronuncia correctamente y que nadie sabe escribir del todo bien. Mi nombre real tiene diez letras y es super fácil de recordar. Cuando digo “hola, soy Bruno”, las señoras suspiran y hablan de algún amante de su juventud, no sé por qué… La gente ya no se llama tanto Bruno. En España casi no hay Brunos, y en países no italo-parlantes, Bruno suena remil exótico. Un lujo, en verdad. ¡Gracias Mamá! Pero no lo uso. Otro tema que le hace repetir el almuerzo a mi analista…

Alt+Tab, ¡la página de las Bandas de Planeta es un laberinto informático! Se lo voy a decir a los chicos cuando los vea… ¡¡Acabo de recordar que estaba invitado a un programa de esa radio hoy y no avisé que no puedo ir!! Voy a hacerlo ahora. Soy una máquina de palabras, ¿eh? Ya se termina esto, tranquis.

Descanso.

Mañana, la gorra de la peatonal me va a decir una vez más, lo que en alucinaciones me dice el viejo anarquista cascarrabias.

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