“Nuestros Días en Neptuno” de “Cuentos para niñxs curiosxs e inkietos”

NUESTROS DÍAS EN NEPTUNO

El dolor en el alma no me lo puedo sacar aunque hayas sido vos la que se fue…

Pasan años en neptuno y no encuentro nada que me disguste…

El cielo se ve de otro color… ¡Es hermoso!

Los lagos brillan, los árboles brillan y las aves cantan como a 20 mil hertz… igual, en el fondo del pecho tengo un dolor profundo porque sé que cuando me duelen las muelas no vas a poder venir a darme una sopa…

Toda la humanidad se fue a la mierda, pero te juro que lo único que lamento es que no estés vos! salgo al umbral de mi cabañita y le grito al infinito tu nombre con un la resonancia del vacío… el horizonte no me devuelve ni un eco con la última sílaba de esa palabra hermosa.

Cuando se hace de noche, vuelvo con los pantalones arremangados porque la nieve de acá mancha. No es fría, por eso puedo ir con poca ropa y arremangada, pero en fin, vuelvo cansado de recorrer las praderas fluorescentes en busca de nada. Amplío le mapa. Hoy tracé un árbol nuevo que no conocía y una pequeña formación rocosa… O sea, una montañita. Nada raro.

Cuando vuelvo de noche a la cabaña, prendo fuego frotando ramas. acá hay de repente, mucho oxígeno, así que el fuego se prende bien rápido. Hoy no tengo ganas de cocinar, así que lo dejo ahí prendido para que haga un poco de calor.

Lo apago con un balde de agua y salgo a caminar por ahí.

Hay algo que me inquieta esta noche… Quiero oír tu voz, pero tu voz no está. Ya pasaron como 11 años, creo, que estoy acá. Bah, no, no sé cuántos… Los iba contando en una pared, grabando rayitas que completaban un cuadrado con una rayita cruzada en diagonal, como los tableros del truco, pero ahora hace ya un tiempo que no los cuentos más…

Deben ir ya como 11 o casi 12 años que me fui… Que te fuiste… Que me fui yo, nos fuimos… ¡Igual la Tierra ya hacía tiempo que era inhabitable! Pero qué linda que era… No daban ganas de irse en realidad, de no ser por todo lo otro.

En fin, salgo a caminar y me pierdo en la oscuridad. En Neptuno no andan las brújulas. No hay ni norte ni sur. Nos orientamos por las lunas (que tenemos un par. tengo un par, ahí, en el cielo). Así que me pierdo en la noche y no llevo ni el mapa, ni el artilugio que fabriqué para mirar las estrellas y el recorrido de las lunas… Hoy me quiero perder, en serio.

Me pierdo.

Ahora, entre los bultos que se ven mal iluminados por las lunas, aparecen imágenes muy raras… Son esas cositas que yo veía cuando me apagabas la luz, pero verlas en el campo es un poco más desesperante. De todas formas, el vacío en el pecho no me deja pensar.

Grito tu nombre como 50 veces y bebo licor de hancachafata (flor de propiedades curativas que crece en el monte Bel, formación rocosa de la zona en que habito).

Grito tu nombre, espero que el vacío me responda nada y bebo. lo hago como 50 veces hasta que la botella se termina. Recuerdo un tema de Alasqua y los Pegamoides que siempre me hizo llorar y lo canto… “Aquí perdido sin tu amor entre humanoides de color…”. Naturalmente, lloro. Lloro hondo, me ahogo en llanto, quiero respirar y me ahogo más. Grito un poco para descomprimir mi pecho, tomo un puñado de nieve, hago una bolita y se la arrojo a un árbol, a un pobre árbol que no tiene nada que ver.

Miro la botella vacía y pienso que podría haber fabricado un poco más de brebaje, o mas bien, que debería haberlo hecho.

Las noche acá son largas, y no porque duren como 127 horas, si no porque son largas las esperas de que pase algo, de que venga alguien… Alguien no me importa en realidad, yo quería que vinieses vos, pero no te puedo llamar porque no estás “por acá”. En horas terrestres, las noches de neptuno duran como 2 horas y media o 3…

Así siguen las cosas. Los días se suceden, las noches también, y pareciese que se sucedieran más.

Cada tanto se me mete una idea bien rara en la cabeza, pero la coherencia que me caracteriza la desvía hasta desvanecerla del todo. ¡Me mantengo siempre ocupado! cocino, construyo más habitaciones en mi cabaña, planto árboles, arbustos, plantas de todo tipo! hierbas curativas, especias, plantas aromáticas, flores, cereales… También me hice muy adepto a la meditación… Es la única forma de no pensar en esas extrañas cosas que andan dando vuelta por la cabeza de uno que se fue hace tiempo.

No hablo con nadie más que con las plantas, porque los pocos animales que hay, ya no tienen nada para decirme y ya oyeron todo de mí. Los animales de acá no son tan inteligentes como los de la Tierra, ¡en serio! Muchos no saben asociar las cosas con las palabras. Yo, por ejemplo, en mi casa, cuando niño, tenía un loro hablador. A este loro le habíamos enseñado que cuando tuviese hambre, dijera “papa” y cuando tuviese sed, “agua”, simplemente llevándole comida toda la vida y repitiendo la palabra que le hacía referencia. Lo mismo con el agua. Con el tiempo, el loro aprende que tiene que decir “agua” para pedir agua y “papa” para pedir comida…

Así que venía a esto: los animales de aquí no asocian las palabras a las cosas. Hay un felpfo muy viejo, animal cuadrúpedo de pelaje abundante y largo trenzado naturalmente por el tiempo, de hocico ancho, ojos perlados negros y orejas caídas y largas. Son herbívoros, como todo animal en Neptuno, pero esto es lo extraño: los felpfos, cuando envejecen, empiezan a perder sus poderes telepáticos, pero aprenden a volar hasta unos 200 metros sobre la superficie. Luego, a eso de sos 250 años de edad, empiezan a quedarse ciegos, pero es ahí donde comienzan a “ver” con sus capacidades mentales. Los felpfos, cuanto más viejos son, mejor es tenerlos cerca.

Ah, y decía que hay un felpfo muy muy viejo que a veces viene a visitarme… Le puse un nombre, porque como a ellos no les gusta ser nombrados, nunca eligen uno. Este felpfo se llama Hayden, pero con el tiempo fue adquiriendo el nombre de Hans, que resultaba más cariñoso.

A veces viene Hans, bajando de la montaña, con su vuelo bien bien lento (cuanto más viejo se pone un felpfo, más lento vuela -aunque cada vez más alto-, pero por decisión propia, no por sus capacidades). Trae en su hocico una rama de Harcabárlatcha, con lo que descubrí, gracias a mis amplios conocimientos de la alquimia, que se puede fabricar brebajes que hacen a los seres humanos (a mi, por lo menos) salir y entrar de la tercera a la quinta dimensión con facilidad. Esto me sirve para ampliar mi visión y también para conectar con gente que no conozco en otros planetas.

Hans tiene un amigo, un Pteron hermafrodita (lo que es bastante inusual) que se llama Enrriet (nombre natural, dado por su madre). Los Pteron no hablan, no tienen poderes telepáticos y son más bien fáciles de describir… Son exactamente iguales a los Teros que habitaban (o habitan, no sé) el planeta Tierra.

Este, yo sé que se llama Enrriet porque Hans me lo contó. Los felpfos suele poder entrar en la mente de otros animales y saber sobre su historia, su vida y rasgos personales…

Enrriet y Hans son mis mejores amigos, aunque no compartamos muchas cosas como las actividades que cada uno realiza y unas cuestiones de visión del universo (cosmovisión, digámosle).

Hans, de todas formas, viene cada tanto… Cada unos 15 o 20 días. Enrriet viene con menor regularidad y siempre traído por Hans. Enrriet vuela, como cualquier Pteron, pero Hans dice que Enrriet es particularmente ocioso y, por lo general, no lo hace.

Cuando paso mucho tiempo sin verlos es que empiezo a tener estas extrañas y locas ideas…

Son ideas sobre la Tierra. Cuando las tengo muy insistentemente, recurro a la meditación.

Hay un Sauce a pocos metros del umbral de la cabaña. ¡Es hermoso meditar bajo él, lo aseguro!

Me llena de una energía hermosa. Como la gravedad es menor en Neptuno que en la tierra (porque los materiales que lo componen son menos densos), es más fácil lograr la levitación… Hace mucho mucho tiempo, me dicen los animales, que había incesables vientos fuertísimos, huracanados, pero que hace varios años desaparecieron y desde ese momento, el planeta cambió mucho para bien…

De noche, a veces, según la luz que reflejan las lunas, ¡se puede ver unos anillos gigantes que surcan el cielo! Son un poco grises o un poco pálidos, no se ven muy bien, pero desde ya, ¡es un lujo! Es mejor que cualquier aurora boreal, lo tengo por seguro…

Mirar este cielo no tiene comparación con nada! cuando hay poca luz en el cielo, se ve todo el cinturón de Kuiper, que es una formación descomunalmente gigante de asteroides que pasan por ahí, flotando en el cielo haciendo formas raras con la estela que dejan como un fuego de colores. Sé que están lejos, por eso no tengo miedo… Dicen que una de las 9 lunas que tenemos acá, bah, que tengo acá yo (porque los animales saben que las lunas no se poseen), se desprendió de ese cinturón en el cielo, pero mucho no se sabe y los animales de esta zona prefieren mantenerlo como un misterio.

Los animales más sabios son los Hermétios, unos seres tubulares giratorios voladores del color y textura del agua. También se comunican por telepatía, pero no les gusta revelar grandes secretos del universo.

Es muy muy raro cruzarse con uno de ellos, pero es un verdadero placer tener una pequeña charla, al menos un ratito.

La otra vez le conté sobre estas raras ideas que tengo a uno de ellos. Hizo como que se reía, porque reírse por telepatía es más como una ilusión, una idea, pero eso me pareció. Se reía de que yo quería visitar la Tierra…

Me dijo que nada que verdaderamente deseamos puede ser imposible, pero que estuviese siempre seguro de lo que hacía y que no me arrepintiera. Decía que las cosas no son ni buenas ni malas, pero si son cosas de las que te podés arrepentir o no.

En fin, lo estuve pensando bien… Demasiado bien.

Pasé días de ayuno, días de pensar, días de preguntarme cosas, días repitiendo tu nombre como mil veces. Finalmente, bajó un felpfo del cielo, bien alto y me dijo que si yo quería, él me llevaría hacia la Tierra.

Preferí esperar a Hans, pero sé que Hans no estaría de acuerdo con mi viaje, así que me detuve a pensar unos minutos. Corrí adentro, armé una pequeña mochila con abrigo y unos utensillos y me monté en el felpfo.

Viajamos varios miles de kilómetros a la velocidad de la luz, pero hacía falta 389 horas para llegar a esa velocidad, así que subimos la marcha un poco después. Viajamos 4 días y llegamos a la estratósfera…

Se veía rara, no es como antes…

Con el pasar del tiempo (no tengo idea de cuánto me ausenté de este planeta) pareciera que la Tierra cambió demasiado su paisaje…

Cuando me fui, casi todo era gris. Los cielos estaban cubiertos de una capa espesa de humo y los mares de color petróleo. Eso, sobre todo, fue un poco lo que me espantó. En realidad lo que más me molestaba eran las bocinas de los autos, las bolsas de nylon que volaban por las ciudades, las palabras agresivas de las personas cuando intentaban atropellarme con sus autos y no lo lograban y sobre todo, que ya no nos dejaran bailar en fiestas por las noches ni mucho menos visitar las playas y los parques durante el día sin tener que pagar entrada o sentarse a tomar una cerveza en un bar que ocupara las costas del río o del mar…

En fin, ¡La Tierra había cambiado!

Los mares se estaban limpiando, las plantas ocupaban mucho espacio en la superficie terrestre, desde el cielo se veían grandes selvas y bosques donde antes habría ciudades y pueblos.

Ya descendiendo, veo ruinas gigantes, edificios de unos 20 pisos pero ya sin restos de vida humana o de esas extrañas cosas que los humanos solemos hacer en nuestras vidas.

Hay algunos pedazos de chatarra que parecerían ser autos abandonados, comidos por las plantas y algunos insectos.

Aterrizo y el felpfo me guiña un ojo. “Buen retorno”, me dice, y alza vuelo por encima de las ruinas.

Hacía mucho que no caminaba sobre el planeta Tierra, o sea que ya perdí la costumbre… Mis pasos son torpes, como los que da quien suele caminar en un suelo con menor gravedad y siempre descalzo.

Me puse unas zapatillas para pisar le suelo de la Tierra, solo por si acaso. Es una de las pocas cosas que traje en mi mochilita. Hacía tanto que no pisaba el suelo sin tocarlo con mi piel…

Camino, voy retomando la habilidad del caminar terrícola. Doblo en una esquina. Se supone que esta es (o era) mi ciudad.

Veo el río Paraná, o sea que es bastante probable que esté ubicado ciertamente, pero el paisaje varió mucho.

Efectivamente, no hay restos visibles de humanidad. O sea, soy el único ser humano en estas tierras.

Corro. Me invade una extraña euforia. Corro cada vez más rápido. Me doblo un poquito el tobillo, pero la emoción me hace seguir corriendo. Esquivo cosas, grandes tapiales de piedra, restos de casas altas, de edificios, de centros comerciales, de fábricas, de gimnasios…

Finalmente, llego a donde era mi casa. Mi casa ya no está, no queda nada de ella. Nada de lo que ella solía ser… Sólo veo un árbol muy muy grande, un quebracho gigante, inmenso, de dimensiones descomunales.

Me pregunto si este árbol creció así naturalmente o si algo de las radiaciones que dejamos los humanos afectó su genética y lo desproporcionó…

En fin, el árbol es hermoso. Lo trepo hasta donde me animo, unos 20 metros de altura por sus ramas gigantes y ásperas.

Sentado en una rama muy cómoda, termino de escribirte esta carta que traje desde Neptuno, que originalmente terminaba en la frase que taché y que ahora transcribo: “Traje esta carta por si no te encontraba, así te la pasaba por abajo de la puerta de tu casa”… Pero tu casa ya no está. La mía tampoco.

Sigo escribiendo esto sólo por matar tiempo, por seguir respirando el aire de la atmósfera de este extraño planeta en el que solía vivir… Acá nací y acá quería criar a mis hijos, pero bueno, se ve que no se puede… ¿Qué va a ser? Hay miles de planetas habitables, ya elegiré alguno para hacer el resto de mi vida ahí.

Esta carta va a quedar en el árbol, acá, colgadita, a ver si un día aparece algún ser “avanzado” que logre leerla y descifrar lo que dice mi sud-latinoamericano castellano precario del Paraná, o, si es verdad que existen los fantasmas, para que el tuyo aparezca en el momento de encontrar la paz y que llegues a leer estas palabras de amor que te mando, no sé… FIN

-Buuu!

-¡Ah! ¡Mecachendié! ¿¿Nena, que hacés acá??

-Nada, te vi que bajabas montando un perro volador gigante y vine a decirte Hola.

-Pero, pará, no me chamuyes, ¿Estás viva o sos un fantasma?

-No, viva, viva como siempre. ¿Vos?

-No, yo vivo también, ¡Mirá que causalidad!

-¿Vamos a correr juntos por ahí? No queda ya nadie en esta ciudad…

-Eh, bueno, dale… ¿No hay nadie más entonces? Podemos correr desnudos y a los gritos, total…

-Ah, dale, total ya no hace ni tanto frío ni tanto calor… Viste que eso del calentamiento global ya fue desde que se descongelaron los polos y, bueno, se inundó todo y bla bla bla…

-Che, me da un poco de pena que haya desaparecido la especie humana, pero bueno, me pone muy feliz que si sobrevivió alguien en todo este mundazo gigante, seas vos 🙂

-Ay, que dulce… Queda gente, pero está dispersa por ahí y viviendo en comunión con el resto de los animales, MÁAAS O MENOS imitándolos… Pero lejos de las ciudades.

-Ay… Que felicidad poder respirar otra vez el aire puro…

———–
de “Cuentos para niñxs curiosxs e inkietos” de Esteban Porronett (o sea, de mi autoría)

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